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Editorial. ¡Maricón! ¡Puñal! (oootra vez)

abril 25, 2013

Por: Genaro Lozano foto_perfik_final

Todos los días cuando voy al gimnasio uso una bolsa negra (sí, bolsa) que “parece de mujer”  y que me hace sentir bien maricón. De hecho, cuando paso al supermercado después del gym, mi bolsón negro siempre causa un debate entre el policía de seguridad del súper, quien invariablemente me pide que la deje en la paquetería, para luego desistir cuando le enseño a una señora que pasa a lado de mí con una bolsa más chica que la mía o del mismo tamaño. Al policía le digo siempre: por qué a ella no se lo exige, a lo cual me contesta “porque la de la dama es una bolsa y la tuya es, es, es…”. Después de titubear unos segundos yo le contesto: ¡una bolsa! Segundos después gano mi minibatalla  y entro al súper con mi bolsa sintiéndome rejota y repoderoso por haberle ganado a los roles de género y al machismo.

Valerio-Gamez

Lo mismo pasa cuando voy caminando por la calle y llevo unos jeans apretados que hacen que se me note el cuerpo y que desate miradas lascivas de otros hombres que desean hombres o la de alguna que otra mujer que se siente atraída (y que siempre valoro). Mis jeans o mis camisas sin mangas también desatan de repente los gritos de desaprobación de algún conductor de coche que me ve caminando y me piensa hipersexualizado  y me grita: ¡pinche puñal!. A lo cual, a lo largo de los años, solamente he encontrado una forma de contestarle y que ha sido la más efectiva: les mando besos y se van no sin gritar ¡pinche puto!

Evidentemente soy una persona que no tiene problemas con su sexualidad. Me siento atraído física, mental y sexualmente por hombres y mujeres, aunque solamente me he enamorado de hombres (varios y varias veces). Me siento afortunado por haber tenido una educación universitaria, por haber crecido en ciudades liberales y en una posición que es privilegiada frente a una mayoría que subsiste en el país. Soy ateo y no me causa ninguna crisis existencial el pensar o no sobre qué sigue después de esta vida. Creo que no sigue nada, así que aprovecho cada día para aprender lo que pueda y vivirlo como si fuera el último. Soy una joto re intenso.

Ahora bien, si otra persona me insulta en la calle o en las redes sociales por quien soy o por lo que hago, siempre escojo: o la ignoro o le debato o intento hacer un llamado colectivo para exhibirla en su homofobia, en su racismo,  en su antisemitismo, en su clasismo o en alguno de los ismos que hoy (varios) catalogamos como indeseables. Por supuesto que yo en privado he hecho chistes políticamente incorrectos, pero los he hecho con amigos que sé que saben que no los digo en serio, que son de broma y que no me los creo. De igual manera, a esos y esas amigas les he escuchado chistes misóginos, homofóbicos, clasistas, “gordofóbicos” y me he reído de ellos, como me río con las bromas que todos los días son ofensivas en los capítulos de South Park o en cualquier serie gringa. Creo en la libertad de expresión, así que siempre defenderé el derecho de otras personas, que no utilizan recursos que vienen pagados por mis impuestos o que no usan una posición de poder público para quererme negar un derecho, llamar a que se me haga daño físicamente o causarme un daño psicológico (si acaso más).

Pero también me queda clarísimo que tal vez una chica trans que trabaja en una estética en San Cristóbal, o una lesbiana que trabaja en una maquila en Tijuana o un chavo homosexual en Villahermosa tal vez no tengan las mismas herramientas, incoherencia o valor para defenderse ante un insulto en la calle o que no tengan el estómago para abrir un periódico y ver en la portada el titular de un diario que dice “Salen desviados a las calles” o que un insulto en la calle, dirigido a esa persona, pueda convertirse más tarde en una golpiza en un callejón. Así que me molesto de sobremanera cuando escucho en un estadio de futbol el grito de árbitro puto (y aquí reciclo este post de hace algunos años yesta columna de hace unos meses).

Porque cuando ocurren esas situaciones me surge un ánimo censor y quiero que el Estado regule lo que no es regulable. ¿Cómo controlas a miles de personas que en el Azteca gritan ¡Putoooo!? Sin embargo, sí creo que el Estado tiene la obligación de hacer más campañas de sensibilización y de utilizar las herramientas e instituciones que tenga para ello.

Todo ello viene a colación porque la Suprema Corte de Justicia acaba de reavivar el debate en torno al uso de si hay límites a la libertad de expresión al decidir sobre un caso entre dos periodistas que intercambiaron insultos. Uno de ellos llamó “maricón y puñal” al otro y éste se sintió tan ofendido en su honor por haber sido llamado así que decidió meter una demanda. Estefanía Vela, una abogada que se está especializando en derecho constitucional en Yale, escribe y explica como nadie la resolución de la Corte en este post en el portal de Nexos y en este otro en su tumblr personal.

Comparto la postura de Vela. No me parece adecuado que la Corte se meta a querer regular un absurdo. La libertad de expresión es o no es. Y entre dos privados creo que debe haber esa posibilidad de insultarse y demostrar sus propias intolerancias. Así como Esteban Arce tiene el derecho de demostrar su ignorancia (y yo de llamarlo así) cuando habla de la diversidad sexual. Sin embargo, también como audiencia tengo el derecho de hacer una campaña para que se le llame la atención a un conductor de radio que usa insultos homofóbicos o al comentarista que llama a atropellar ciclistas (que aquí ya hay un llamado al lenguaje de odio que no tuvo eco). Tengo el derecho de cambiarle de canal, de mandar una carta de queja a la televisora o a la emisora de radio. Tengo el derecho de dejar de leer un periódico.

En donde siempre he argumentado que no estoy de acuerdo en el uso del lenguaje homofóbico, ni de conductas discriminatorias es en donde está involucrado el dinero público, y en específico cuando lo hace un funcionario, como lo escribí en este post en Nexos hace un rato ya. Conozco el caso de cuando el ex diputado Fernández Noroña utilizó una discapacidad (la de un niño que vive con síndrome de Down) para insultar a un twittero. En una democracia representativa la expresión de Noroña hubiese causado tal revuelo que el legislador hubiese tenido que renunciar a su cargo y pedir disculpas. Hasta donde recuerdo, Fernández Noroña ni siquiera aceptó tomar un taller de discriminación. Ni siquiera. Para qué, si no le debe cuentas más que a sí mismo.

En fin, creo que la argumentación de la Corte fue una de esas de la “bonditud”, que realmente no alcanzo a entender sus alcances y dudo mucho que en la práctica la gente deje de usar los términos maricón y puñal a modo de insulto en el significado que han adquirido de “cobarde” -y que no está en el diccionario. Sé que la gente seguirá usando el lenguaje homofóbico, machista y sé que éste en ocasiones me hará reír. Pero también sé que instituciones como el Consejo para Prevenir la Discriminación de la Ciudad de México (@Copred_CDMX) o su par nacional deben hacer campañas para hacer conciencia y tratar de sensibilizar a la gente, tanto en el mundo real como en el virtual. Sé también que en un mundo ideal (o en países como Japón, Alemania, Estados Unidos) un legislador, un alcalde o un gobernador sí están obligados a ceder un poco de su libertad de ofender por un rato, al menos mientras duren en el cargo, pero eso desafortunadamente no pasa aquí, aún y solamente por ello celebro la decisión de la Corte sobre el amparo presentado. Que se abra esa discusión y qué bien que la Corte le esté entrando a estos temas, desmitificando, rompiendo tabúes y enseñando cómo piensan sobre el género, la diversidad sexual, las familias y el lenguaje.

Twitter: @genarolozano

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