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91 Horas al Absurdo

mayo 4, 2008

A Sísifo, los dioses le condenan a llevar una piedra hasta la cima de una montaña pero, al no tener un lugar en donde quede estable la piedra, ésta vuelve a caer y Sísifo tiene que volver a subir con ella. Así por la eternidad. Albert Camus utiliza el mito de Sísifo para reflexionar sobre lo absurdo de un trabajo y las percepciones del sin sentido. Me vino a la mente el ensayo de Camus tras leer la inquietante realidad plasmada por Mauricio Juárez y Fernando Damián en estas páginas el 2 de mayo. Déjeme explicarle.

91 horas. Ese número lastima, agrede, indigna. Es un número que habla de la vileza de nuestro cuerpo legislativo. 91 horas sesionó la Cámara de Diputados en este periodo. 91 horas para ser recordados por el paupérrimo nivel de debate y el secuestro del congreso (así, con minúsculas) y, más triste aún, para ver que no existe capacidad para la interlocución entre los poderes. 91 horas para escuchar a los diputados caer en un sinfín de acusaciones más importantes que las reformas y que había que desahogar, entre ellas, la reglamentación del engendro de reforma electoral que, aún no tiene pies o cabeza y que habrá de exigir un periodo extraordinario de sesiones. Periodo que no alcanza para cubrir la indignación de las 91 horas. Porque las cuentas no salen y, cuando salen, son brutales en su realidad. 91 horas equivaldrían apenas a 11 días y medio de jornada laboral suya y mía y, sin embargo, los diputados nos costaron en 4 meses la insultante cantidad de $296,892,000 por 91 horas de trabajo. Vaya, como ciudadanos, nos costó mantener a esta pandilla de inútiles y rapaces algo así como ¡3 millones 263 mil pesos la hora! Pero, eso sí, el cinismo es tal que celebran y regalan flores por los acuerdos alcanzados “por el bien de México”. La democracia mexicana es carísima y, lo peor de todo, es que ni siquiera es democracia. Porque si algo quedó claro en estos últimos 4 meses es que el sistema político está supeditado a los caprichos y necesidades de un líder de líderes que, desde las calles y para efectos prácticos, sí funge como presidente por ilegítimo que sea. Es una tiranía de facto.

El absurdo sirve para explicar las cosas que no tienen explicación. Y, tras la evidencia, volvemos a Sísifo y su absurdo ir y venir a la montaña. Lo más triste de todo es que Sísifo somos nosotros, la sociedad que ha de cargar la piedra legislativa una y otra vez de legislatura a legislatura.

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