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El Frankenstein del Congreso

junio 22, 2008

Nuestra política es solo comparable a una versión fársica del Frankenstein de Shelley. Y se lo digo porque estamos viendo una persecución patética del aberrante ente que fue formado, no por los pedazos de cuerpos de criminales y condenados, sino por enojos y caprichos del juego político de la ridiculez y la miseria ideológica. Déjeme explicarle.

Ya era imposible aceptar el hecho de esta nueva forma de censura que los legisladores engendraron y que no utiliza reglamentación objetiva, sino criterios y opiniones subjetivas para decidir quién dice qué, en qué tono y con qué intención. Esta reforma electoral -que, en realidad, es un intento de violación al sentido común- ya probó su ineficacia, además de erigirse como una de las más estúpidas ideas que han salido de San Lázaro. La cosa es que hoy, cual Victor Von Frankenstein intentando escapar de la bestia por las calles de Ingolstadt, las huestes de todos los colores se ofenden y se asumen como víctimas de un censor tiránico a quien nadie le pidió su opinión. Esto es una llamada de atención que, seguramente, pasará al olvido como todo lo importante de nuestra real politik, aunque lo que esté en juego aquí sea la institucionalidad y la credibilidad -por mísera que sea- de todo el cuerpo legislativo y del abanico entero de partidos políticos. Las reacciones de los legisladores de cada una de las fuerzas deja en evidencia la poca capacidad y compromiso de quienes crean y modifican las leyes que nos gobiernan, porque sólo así se puede entender esta permisibilidad de algo que puede definirse, únicamente, como el harakiri discursivo e ideático del sistema político. México no puede seguir llamándose democrático cuando sus mismos legisladores levantan la voz para vomitar sobre algo que ellos mismos se congratularon de crear hasta que les pegó con el primer reflejo eléctrico de movilidad. Porque aquí no se trata de las percepciones personales y analíticas sobre determinado personaje o discurso, sino de la misma esencia de una libertad de expresión que sigue costando todos los días y a la que hemos buscado todas las maneras de aferrarnos. Volviendo a Frankenstein, hay un punto que aterroriza por la poca posibilidad de que aquí se repita. En medio del hielo ártico, la criatura, con una dignidad que enaltece, le asegura al Capitán Robert Walton que sus crímenes terminarán con la única muerte que siempre fue necesaria: la suya.

Saludos,
D

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