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“Los Simuladores”: Polarizar por el espectáculo

junio 23, 2008

Créanme. Me duele mucho poner este post por el cariño que existe hacia algunos involucrados en el programa que me incita a escribirlo. Pero también es una responsabilidad gigantesca el levantar la voz cuando es necesario, porque cada sociedad -como lo diría McLuhan- puede ser definida por sus medios de comunicación audiovisuales. Y si esta tesis es real, México no puede ser más que definido como un país miserable, dividido, colapsado, clasista, xenófobo, simulado, mentiroso y lamentablemente racista… Un momento… así sómos.

¿Qué televisión estamos dispuestos a seguir produciendo? El domingo me senté con disciplina a ver la repetición que Canal 5 transmitió de varios capítulos de la serie “Los Simuladores” y terminé con un coraje atravesado. No por la calidad de producción o por las actuaciones -ambos elementos, muy por encima de lo habitual en nuestro país- sino por el mensaje y la definición social que se plantea en dicha serie. En específico me remito a un capítulo en el que el equipo comandado por Tony Dalton es contratado por una chica que busca, de la manera que sea, evitar que sus suegros, miembros de la clase media/alta y “respetable” conozcan a su propia familia, definida como una masa uniforme de “nacos impresentables”. Y no hablemos de la inverosimilitud que es la trama y lo ilógico que resulta, en cualquier estudio de psicología elemental de personas y personajes, las propuestas que nos hacen de, por ejemplo, una cocinera diseñadora de platillos italianos a la que su apariencia no le interesa y a la que no le importa la superación personal, cuando una de las profesiones más status quo que existen es la de chef. O, por ejemplo, cuando nos presentan como un enfermo sexual a un simple adolescente que está descubriendo su sexualidad. O a una señora de la tercera edad, a la que nos intentan vender como el arquetipo de la alta sociedad, ejemplo de la decencia, que de buenas a primeras invita a un desconocido a la fiesta de su yerno sólo por el hecho de “conocerlo ayer en el club”. Pero lo más triste no es esa conjunción que cualquier escritor con dos dedos de frente corregiría, sino que se justifica el clasismo y se entiende como algo necesario y aplaudible. Y, ¿sabe qué es lo que quiere ser la chica que busca ocultar, a toda costa, a su familia de los ojos de “las buenas costumbres”? Estudia la carrera de derecho. Es decir, la justicia está más que dirigida a aquellos que pueden pagar por ella y a aquellos que se ven bien en un traje. Porque, si ni en esencia puede defender a su familia de las miradas reprobadoras de un novio y su familia, ¿cómo defendería a un inocente que no vista GAP, Versace o DKNY? Nada tan lamentable como acudir a “Los Simuladores”, pues desde la temática se aplaude la posibilidad de la simulación para negar las raíces y, por lo tanto, la identidad de la persona.

Ya desde aquí uno levanta el ojo angustiado por lo que estamos a punto de ver. Sin embargo, siempre queda la posibilidad de una especie de una redención argumental que, lamentablemente, nunca llegó. El equipo hace todo para ambientar una fiesta de los suegros de tal manera que la imagen absurda de la familia no se vea tan fuera de lugar. Un león al que controlar, una cena que preparar y una ayudadita de una mujer necesitada de aventuras sexuales después, los familiares incómodos no son aceptados, sino congraciados por la dádiva de una clase alta que nunca entenderá de la necesidad de romper barreras sociales y culturales. En resúmen, los simuladores no buscan el entendimiento o la superación de fronteras, sino que logran acentuar el desdén y justificar la ruptura del respeto de la institución familiar que en nuestro país tanto nos aseguramos de repetir que existe. Porque, al final, no está mal que una chica se avergüence de su familia por sus hábitos culturales o su posición económica, sino que es entendible y aplaudible. Y si para ello debemos irrumpir en la necesidad sexual de un adolescente para justificarlo como herramienta de la infidelidad, o en la dádiva misericordiosa de la gratitud a través del pago de un viaje como limosna, ¿qué carajos? Todo sea por el entretenimiento. En ningún momento hay una valoración real del sistema familiar o de la defensa de los orígenes, sino una serie de elementos que terminan por firmar en letras de bronce que, si con la espectacularidad de una noche podemos lograr que los demás no vean la realidad de lo que somos, salva sea el momento. Y eso, en un país polarizado por sus estúpidas luchas de derechas contra izquierdas, liberales contra conservadores, emos contra punketos, legales contra legítimos, amarillos contra azules, campesinos contra empresarios, policías federales contra policías locales y militares contra indígenas, es lo más irresponsable que se pueda encontrar. La televisión tiene la más importante responsabilidad para con la sociedad, pues más que un elemento de la decoración de la casa, se ha convertido en la imagen de un tío omnipresente y todopoderoso que delínea las conciencias de la ciudadanía en un sistema que se ha transformado de una democracia imperfecta a una mercadocracia absoluta. Aquí no se trata de moralismos o argumentaciones conservadoras, sino de una exigencia de responsabilidad a quienes se aventuran a repetir historias que, en otros contextos sociales y culturales, pueden funcionar como entretenimiento puro, pero en este país lastiman por la crudeza de su realidad y, más lamentable, por la indiferencia de los sectores responsables de las dinámicas modificadoras de conductas. El público ha perdido la capacidad de reclamar la calidad de los mensajes y las historias, causando un enorme vacío en la producción de formatos en nuestro país. Porque hoy fue “Los Simuladores”, pero también un panel deportivo que exige a un entrenador no venir a modificar la mediocridad de un sistema de competencia, sino adaptarse a las exigencias económicas que representa; o también un panel de jueces de un reality show para buscar una estrella juvenil de la música latina que irracionalmente asegura que lo que menos importa es cantar bien o mal, siempre y cuando se tenga el look y la actitud de un popstar; o un noticiero que considera que un artista tropezando a su llegada al aeropuerto es lo suficientemente importante para estar en sus secciones; o una serie de televisión producida con un desgano y una pereza que insulta porque sabe que el show montado por su productor y sus dos divas protagonistas les aseguran un rating; o un sinfin de telenovelas que nos siguen contando la misma historia por inverosímil que parezca o por estúpidas y denigrantes que resulten; o un show en donde la humillación y el riesgo a la salud se maquillan con una campaña de conciencia social que pide “estar bien contigo”; o un programa de espectáculos en el que nadie informa sobre proyectos, planes y eventos de los artistas, sino sobre quién seguro es homosexual o quién se aumentó el busto diecinueve tallas; o… ¿en verdad quieren que siga?

Hoy, el ejemplo duele por gente que está involucrada en un proyecto que arrancó bien y que, por la decisión de no contar historias con responsabilidad, ha caído en la miseria de la forma sobre el fondo. Es una lástima, porque un país como el nuestro tiende a hacer suyas las historias que la televisión cuenta en sus horarios estelares. Y si para tener rating tenemos que destruir la misma esencia que hemos presumido al mundo que tenemos, sólo podemos pensar en el viejo adagio que reza “dime de que presumes…”

Saludos;
D

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7 comentarios

  1. No coincido para nada, el capitulo es si, de los mas flojos de la serie, pero para nada merece semejante condena moral. Los sentimientos de la protagonista pueden no ser compartidos pero son sumamente creibles, la serie no se propone sermonear, solo son 40 minutos de comedia mas o menos bien hecha que se toma en joda las caracteristicas caricatutescas de ambas familias,,, no es para rasgarse las vestiduras, que de problemas en serio esta lleno el mundo.


  2. Puede que tengas razón, Raúl. Pero en medio del clima de polarización que viev el país y con la evidente y absoluta ignorancia del público mexicano, la situación cambia. Es una lástima, sí. Pero es una realidad.


  3. Perdon, soy argentino y no sabia que en mexico el publico fuera tan absolutamente ignorante.


  4. Sí, lamentablemente, sí lo es.


  5. si te apoyo mucho yo soy mexicana y acpto que nos falta educacion


  6. los simuladores estansuper pero el mangaso de santos los deja a todos en la ruina a poco no


  7. sip! pero lo unico que no tomaron en cuenta es que la mayoria de los episodios vienen de Argentina! :S!



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