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Cinecrítica. The Wrestler (Aronofsky, 2008)

marzo 15, 2009

Darren Aronofsky tiene una forma única de contar sus historias. Ya sea la destrucción humana a través de las adicciones en Requiem for a Dream o la trascendencia del amor a través de las épocas en The Fountain, su cine garantiza una experiencia en la que los sentimientos que el director quiere expresar, permearán la pantalla para llevarnos al límite de la emoción. En su nuevo ejercicio cinematográfico, Aronofsky toma la soledad como su eje temático y nos adentra en la que parece su cinta más íntima. Esto es The Wrestler.

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Randy “The Ram” Robinson es el personaje protagónico de esta cinta. Un luchador venido a menos que vivie de los recuerdos de sus días de gloria, entre pequeños grupos de fanáticos que aún lo buscan y la adoración de las nuevas generaciones de gladiadores del ring que le profesan un respeto absoluto en este mundo fársico que es la vida dentro del ring de lucha libre. Antaño capaz de llenar arenas enteras y ser una celebridad, Robinson se tiene que conformar ahora con pequeñas y modestas giras haciendo lo único que sabe hacer e intercalando esos días en el ring con trabajos de medio tiempo como empleado de un supermercado. Envuelto en deudas y forzado a dormir en su camioneta, por falta de dinero para la renta, Robinson es el claro ejemplo de la soledad causada por el egoísmo de la fama mal llevada y los excesos. Su único contacto con el mundo real es Cassidy, una stripper de un pequeño lugar del que Randy es cliente frecuente. Y, aunque se sabe la existencia de una hija, también es evidente que la ha abandonado desde hace años. Y es ahí donde las cosas par Randy arrancan, tras un infarto después de una pelea y una operación de corazón que termina con sus días de luchador y lo enfrenta a la cruel realidad de su soledad afuera del ring. Envuelto en la incertidumbre, Robinson intenta tomar el hilo de una vida normal, recuperar el contacto con su hija -en una de las escenas emocionalmente más devastadoras de la cinta y en la que Mickey Rourke se consagra en este regreso a las grandes ligas de la actuación- y, por qué no, hasta enamorarse un poco. Pero no se puede llegar a la vida tan tarde y con tal soledad. Aquí Randy tendrá que entender esto y buscar adaptarse o, en el peor de los casos, tomar la invitación de una lucha que podría regresarlo a las grandes marquesinas, en la que luchará con el que fuera su gran rival en los tiempos de gloria.

Aronofsky hace con esta cinta una película que nos lleva a la intimidad de la soledad y que se siente totalmente independiente en su libertad creativa. La utilización de steady cam y cámaras en mano logra un efecto de inmersión en el espectador para hacernos partícipe no sólo como testigos visuales, sino como testigos presenciales de lo que está aconteciendo en la pantalla. A diferencia de lo que fue su producción anterior, en esta cinta, el director se deshace de los artilugios y la espectacularidad para mostrarnos a un personaje que sabe la farsa que está viviendo en el ring y que, orgulloso de su capacidad teatral, ha trascendido el cuadrilatero solo como leyenda del deporte y no como persona. Robinson camina devastado por los errores cometidos en su vida personal y los huecos que ha ido dejando en el camino y, con lógica inmediata de sus únicos logros, los escasos momentos de felicidad fuera del ring los liga inmediatamente a sus heridas, cicatrices, triunfos y derrotas dentro del deporte. Huyendo, incluso, de su nombre real, Randy es la estampa perfecta del payaso deprimido que se sabe capaz de entregar todo en el escenario para desenterrar carcajadas de su público mientras por dentro el llanto ha creado ya una presa a punto de la destrucción. Y es ahí donde el infarto llega, para destruir ese dique que hasta hace algunos años parecía indestructible. Aronofsky nos lleva en silencio y con planos secuencia largos y sin corte a descubrir a un personaje que fracasa constantemente fuera del cuadrilatero. En una frase icónica de este guión de Robert D. Siegel, Robinson sabe y entiende que las lesiones en el ring no importan pues “el único lugar donde me pueden herir es allá afuera“.

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Los personajes están perfectamente definidos dentro de sus espectros emocionales. Mientras Robinson representa la parábola irónica del fracaso personal causado por el éxito profesional, Cassidy se presenta como un salvavidas que llega demasiado tarde por haber perdido tiempo rescatándose de sus propios miedos e inseguridades. Stephanie es el fruto de un fracaso de comunicación y límites, la víctima que vuelve a intentar el camino de la fe y que, al haber vuelto a fallar en su intención, se desgarra y se desprende en un círculo vicioso que le mantiene atada a lo que se intuye como una relación de codependencia y control patológico, emanado de la dependencia emocional que no ha sido satisfecha con el padre. Ese es el mayor mérito de este guión: su definición de personajes y su capacidad de llevarnos, simplemente, por los dos lados de la moneda de un personaje como Robinson que se sabe derrotado en la vida y que sólo detrás de la fantasía y la neblina de su personaje ficticio tiene una esperanza de redención. Ya no hay tiempo para salvarse. Él lo entiende, aunque los que estemos viendo su caída libre creamos que aún hay salvación.

Aronofsky hace con esta película dos cosas fundamentales. En primer lugar, nos muestra lo que puede suceder cuando la tristeza rebasa al humano y el enorme historial de fracasos se convierte en una lápida demasiado pesada por cargar. Es un Aronofsky que regresa a las historias que sabemos que suceden todos los días y que se intuyen en las miradas tristes y perdidas de aquellos que nos encontramos, ocasionalmente, por la calle. Logra una analogía perfecta del mimo devastado, de la parafernalia sobre la lógica y, en ella misma, una crítica ácida y sin concesiones a la masa eternamente inconforme que exige sin conocer y deglute sin saborear cada uno de los espectáculos que se le presentan. El mundo fársico de la lucha libre es simplemente un telón de fondo para una denuncia hacia el público mismo que, en su ignorancia e inconciencia, es capaz de ser la causa, por igual, del éxito y la derrota. En segundo lugar, el director rescata del olvido a un actor al que pocos le tenían fe y que aquí regresa con toda la fuerza posible para reclamar su lugar en la industria. Al igual que Tarantino lo hiciera con Travolta al llamarlo para Pulp Fiction, Mickey Rourke tiene en esta película el mejor papel de su carrera hasta el momento y consigue transmitir el espeluznante sentimiento de olvido y soledad con el que Randy Robinson sobrevive día a día. Marisa Tomei está espectacular como Cassidy, un papel que demuestra que puede lograr personajes con multiples capas de emociones.

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Sin duda una de las mejores cintas del año pasado y un verdadero misterio del por qué no estuvo incluída en la categoría de Mejor Película para los premios Oscar. Aún nos falta por ver The Reader, pero no creo que supere a esta cinta. Y, como último punto, aunque muy sutil y con muy poco tiempo en pantalla, la música de Clint Mansell es, como siempre, impecable. Este compositor ha logrado una mancuerna con Aronofsky que solo se puede comparar con la que han logrado Tim Burton y Danny Elfman.

Calificación: 9.5
Recomendación: Está en los cines y, lamentablemente, por los gustos del público en general, no creemos que dure mucho. Así que vayan a verla lo más pronto posible.

Saludos,
D

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