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DVD. Live Free or Die Hard (Wiseman, 2007)

abril 12, 2009

Las vacaciones son una excelente oportunidad para ponerme al corriente en las películas que ya compré y que no he visto por falta de tiempo o falta de una priorización en mis DVD. Tengo que aceptar que podría no estar tan atrasado si no me entraran temporadas en las que una película no abandona mi reproductor de DVD a menos que sea extremadamente necesario. Me sucedió con The Dark Knight, Sin City, Lord of the Rings y Nightmare Before Christmas, por mencionar algunas. De hecho, para ponerme al corriente tuve que salir de una de esas dinámicas en la que WALL * E aparecía constantemente en mi televisor. Pues bien, una de las primeras cintas a las que se me ocurrió taclear en esta semana de vacaciones fue esta que, para serles honesto, no esperaba mucho de ella pero tenía que ver por un asunto icónico generacional, porque, siendo honestos, ¿quién no disfrutó hasta el cansancio las aventuras de John McClane en sus tres cintas anteriores? Esto es Live Free or Die Hard.

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Partimos de la premisa fundamental de estos personajes que ya empiezan a ver las primeras escarchas del invierno en su carrera de action heroes y a la que Bruce Willis ha sabido tomar la delantera con una evolución actoral que ni Stallone, ni Van Damme -ni hablar de Schwarzenegger- han tenido pero de eso ya hablaremos. John McClane es una pieza arcaica de acción en un mundo digital del que poco entiende y al que, además, poco le interesa entender. Como detective de New York, los días de gloria han quedado atrás y se dedica a hacer su trabajo de la mejor manera. En un día común y corriente, después de discutir con su hija Lucy -Mary Elizabeth Winstead, hermosa como siempre- quien no quiere saber nada de él, el FBI le pide un favor al Departamento de Policía de New York y recae en McClane la responsabilidad de escortar a un hacker a Washington, D.C. para ser interrogado por la división de ataques cibernéticos del FBI. Y es ahí donde todo comienza, como siempre, a salir mal para John McClane. Matt Farrell (Justin Long) ayudó inconscientemente a crear un protocolo de progamación que penetra el sistema de seguridad de Estados Unidos y con el que se planea lo que se conoce como un firesale, un tipo de ataque que destruirá la infraestructura del país y detrás del cual se encuentra el hacker más peligroso y ex asesor en materia de ciberterrorismo para el gobierno Thomas Gabriel (Timothy Olyphant). Matt es un cabo suelto y cuando Gabriel lo manda eliminar -como lo ha hecho con los demás hackers que participaron en la creación del protocolo-, John McClane se interpone entre los asesinos y su blanco para arrancar algo así como una hora cuarenta minutos de enfrentamientos inverosímiles, one-liners clásicos e icónicos, arquetipos entre buenos y villanos y secuencias explosivas para llevarnos por una estructura de guión que para nadie es desconocida.

Bruce Willis domina a John McClane. Es el personaje que lo llevó a la cima del éxito en la meca del cine y, al igual que Vin Diesel con Dominic Toretto -crítica que les haremos en los próximos días-, no hay terrenos nuevos por explorar. Willis sabe que el público es capaz de creerle a McClane todo. Y esta ventaja le hace superar los pequeños obstáculos de un director que no comprende muy bien al personaje y que, a pesar de todo, es capaz de emocionar a la audiencia con secuencias que en la piel de cualquier otro personaje nos harían explotar de rabia ante el ridículo de la simple propuesta. La saga de Die Hard tiene lo mismo que la de James Bond o la de Rambo: nacieron en la inverosimilitud y parten de esa premisa para entregarnos 120 minutos de diversión palomera sin sentido pero emocionante. Es el cine que practicamente crea el concepto del testosterone movie y que muchos actores y directores han intentado seguir o copiar sin éxito. Por eso la elección de Len Wiseman parece correcta para dirigir esta cinta. Wiseman no es un director extraordinario o sumamente capaz que tenga una firma bajo la cual los personajes puedan desarrollarse -vaya, el hombre apenas tiene las primeras dos partes de Underworld en su currícula y, seamos honestos, son bastante malas-, sino que se pone al servicio de los clichés y la estructura bien conocida por todos. Casi podríamos decir que si a la mitad del camino lo quitan y traen a un director como Rob Cohen o Justin Lin nadie hubiera sentido la diferencia. Todo está creado para ser un homenaje a la nostalgia de esas cintas de acción sin sentido que ya no encuentran tan facilmente su lugar en la industria cinematográfica de hoy, en medio de esta actualización de argumentos y personajes. La secuencia del jet F-35 persiguiendo a McClane -quien viene en un trailer de doble remolque- por la autopista de Baltimore es el mejor ejemplo de lo que les comento.

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Pero, volviendo a la cinta, el argumento es casi convincente. Una especie de crítica hacia la dependencia tecnológica que todos los países desarrollados han adquirido y una analogía sobre el nuevo sistema de terrorismo cibernético que parece ser ahora la pesadilla colectiva del mainstream político y social de Estados Unidos -no sorprende saber que el guión de la cinta está basado en un artículo de John Carlin, columnista de la revista Wired, titulado “A Farewell to Arms”-, consecuencia de escalada lógica tras los ataques del 11 de septiembre, donde los miedos tienen que seguir creciendo y dar el siguiente paso para poder mantener el status de vigilancia de un país que ha fincado sus bases sobre institituciones como el FBI, la CIA y la NSA. Timothy Olyphant como Thomas Gabriel representa el arquetipo de un villano extraordinariamente inteligente que sirve a sus propios fines y sus propias ambiciones, sin importar lo que pierda en el camino. Siempre con una respuesta preparada y un paso adelante de todos, se ha encontrado con una piedra que tampoco tenía en consideración por su ceguera e incredulidad de que puedan existir aún elementos como McClane. Es por eso que el versus de esta cinta se disfruta, pues ambos ignoran todas las capacidades del rival y solo pueden enfrentarlos con un pensamiento que se formula en absolutos desde su propia psique. McClane no quiere entender el concepto de firesale o las capacidades y repercusiones tecnológicas, políticas y sociales que el ataque representa. Para él, lo único que importa es recuperar a su hija -escena cliché de damisela en peligro y motivación personal para el héroe que no podía faltar- y matar a todos los que se interpongan en su camino. Gabriel no entiende cómo ha podido sobrevivir tantas veces un simple detective ya entrado en años pues, seguro de sus idealizados planes de venganza, da por sentado y concluído cada paso antes de corroborarlo, tal cual lo hace con un sistema computarizado en el que domina las reacciones y consecuencias según el algoritmo aplicado. Lucy McClane y Matt Farrell son simples herramientas detonantes para los personajes principales pues mientras uno sirve de chantaje/motivación, la vida del otro es la misión por cumplir de ambos. Maggie Q está de sobra en la cinta. Claro, es espectacular verla patear a Bruce Willis con tal destreza y se convierte en un elemento más para el lucimiento de un McClane todopoderoso pero, en realidad, su personaje es tan plano y acartonado que lo pudo haber realizado cualquier otra persona y, seguramente, le hubiera costado mucho menos dinero al productor.

Live Free or Die Hard es una de esas cintas que no podemos dejar de agradecer. No porque sea extraordinaria o digna de premios, aplausos y caravanas. Sino porque nos recuerda que, a veces, el cine es simplemente un instrumento para olvidarnos de todo y divertirnos con personajes llevados a un extremo que raya en lo irreal y casi ridículo. Nos recuerda que hace varios años, en otras pantallas sin tanto show digital, sin THX pero con un Dolby que estaba en su apogeo, en pequeños lugares que a la mitad de la cinta nos regalaba unos minutos de intermedio para rellenar nuestras viandas palomeras y carameleras, alguien, brincando de la azotea de un edificio o corriendo en la nieve o zigzagueando por las calles de NY, nos salvó una, dos y tres veces del terrorismo tras una frase que se convirtió, con el paso del tiempo, en un grito de guerra: Yippi kai ei!

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Calificación: 7.5
Recomendación: Si eres fanático de Die Hard o de las películas de acción de la vieja escuela, no te la pierdas. Si estás buscando un cine que tenga lógica y una trama que te mueva fibras, mantente lejos.

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