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Salud. Las fobias. 1ra parte.

abril 27, 2009

Por: Dr. Enrique Sánchez, Psicoanalista Clínico

Hola, lectores de CarlosDragonne.COM. Primero que nada quisiera disculparme con ustedes por la ausencia de mis textos, pero estuve un poco enfermo y con un constante peligro de caer víctima de la influenza. Pero estoy de vuelta y hay mucho que platicar. No puedo seguir adelante sin felicitar a todos los que participamos en este blog por nuestro primer año y las miles de visitas. Gracias a todos los que hacen posible que este sitio siga funcionando y un abrazo a mis compañeros, especialmente a Carlos Dragonné y Enrique Lores, quienes me invitaron a participar en este peculiar espacio.

Tengo un paciente que, a sus 32 años, no ha podido tener una sola relación de pareja, le tiene terror a las mujeres. Al inicio de su sesión, empieza con un: “pues sigo sin poder hablarle a las chicas”. ¿Acaso esperaba que, repentinamente, iba a despertar con la capacidad para acercarse a las mujeres con la confianza y galanura de James Bond? Hay psicoterapias que se basan en el trabajo psicológico para cambiar el comportamiento; otras se basan en el trabajo externo para cambiar la psique, pero desde mi punto de vista, la voluntad es algo sin lo cual no funciona ninguna clase de terapia.

300362884_e5dae51152“Bueno, eso es obvio”, podrían decirme. Pero no crean que es tan sencillo. Ante la presencia de un miedo, los seres humanos nos hacemos pequeños, corremos, palidecemos. Claro que hay miedos que lo merecen, como pender de la cuerda floja entre dos montañas, o tener frente a los ojos la pistola amenazante de un asaltante. ¿Pero qué hay de los miedos ilógicos, las famosas fobias?

Toda fobia es ilógica… vamos, estamos hablando del miedo a las abejas, a la crema de cáchuate atorada en el paladar, a los payasos, a las banderas, a subir escaleras (pero no bajarlas). Estamos hablando de miedos que si no fueran tan serios y reales, podríamos incluso considerar ridículos; estamos hablando de adultos de 30 años que corren a diez o quince metros de donde descansa una abeja, o de mujeres de 40 años que no pueden pasar por un zoológico sin sentir que se desmayan cuando pasan junto a las jirafas.

“Eso lo dice usted porque no siente el miedo, qué fácil es decirle ‘ridículo'”, podría quejarse alguien que sufre de alguna fobia y tendría toda la razón del mundo. Las fobias no son chiste, ni son tampoco exageraciones de un puñado de gente que tiene deseos de llamar la atención. Las fobias son particulares, subjetivas e inconscientes… es por esta razón que ni el fóbico puede terminar de entender el origen de su fobia. Claro, siempre habrá intentos de racionalizar las fobias (“le tengo miedo a los payasos porque cuando tenía doce años, un payaso…), pero en realidad el contenido fáctico de las fobias se encuentra lejos del alcance del que las sufre.

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Incluso, Christophe André describe cinco características de las fobias:

  1. Miedo intenso que puede convertirse en ataque de pánico.
  2. Miedo incontrolable.
  3. Constante evitación de aquello a lo que se le tiene la fobia.
  4. Si se ve necesario a enfrentarlo, el sufrimiento es extremo.
  5. Las fobias no ponen la vida en peligro, pero destruyen la calidad de vida.

El punto cinco aplica, aun más, si le tenemos miedo a algo común. Por ejemplo, alguien que le tenga miedo a los caballos no sufrirá mucho si no se acerca a un rancho, un establo o un hipódromo; pero alguien que le tenga fobia a los camiones en movimiento tiene serios problemas, que pueden llevarlo a incluso a recluirse y ser incapaz siquiera de asomar la nariz. Eso es terrible, estamos hablando de que esta clase de miedos pueden condicionar la vida de la persona que los sufre.

Lo peor es que el miedo no disminuye a pesar de que éste sea enfrentado. Hay miedos que disminuyen con la confrontación. Juanito le tiene miedo a las alturas, sube llorando a una resbaladilla y, ya que vio que no pasa nada, puede seguir subiendo. Seguirá teniendo miedo las veces subsecuentes, pero éste irá en disminución hasta desaparecer. En las fobias esto no sucede, el miedo regresa y regresa por más que se repita la exposición.

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¿Por qué? Porque la verdadera causa del miedo no se está enfrentando. El niño de la resbaladilla teme a caerse, lo cual, bien sabe, podría causarle un gran dolor o la muerte. El miedo le funciona como una especie de alarma. ¿Pero qué clase prevención logra una alarma contra los payasos, por ejemplo? ¿Qué pasa si estamos frente a un cartel de circo que presenta la enorme cara de un payaso sonriente? Nada. No hay muerte, no hay caída, no hay ruptura de huesos, no hay dolor… no hay nada. Y sin embargo, los clourofóbicos son capaces de llegar una hora tarde a su casa por tomar un camino que no pase frente al temido anuncio del circo.

Y lo peor de las fobias es el sentimiento de futilidad y torpeza. El fóbico no sólo sufre el enfrentamiento con el temido elemento, sino que además debe vivir con el peso de la fobia, cómo ésta domina su vida y la depresión que puede causar tal “cobardía”. Los auto reproches de pacientes fóbicos son algo de todos los días: “Que estúpido soy, ¿cómo pude dejar la fiesta solamente porque había una abeja en la cerveza de mi amigo? ¡Hay que ser un total idiota para esa clase de cosas!”

“Sí, sí, ya entendimos lo terrible de las fobias, ¿pero qué las causa?”. Pues la respuesta no es tan sencilla, debido a que cada escuela de psicología tiene su explicación, además de las explicaciones psiquiátricas, que suelen ser más de índole neurológica. En la segunda parte de este artículo, expondré la teoría que a mí más me convence y la que ha resultado la más eficiente en el trabajo con pacientes. Estén pendientes.

Me despido, pero no sin desearles que esta noche tengan un sueño que resulte reparador y constructivo.

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