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TV. La enorme distancia en los reality shows

mayo 4, 2009

No puedo evitarlo. Hace un buen rato que no tocamos el tema de la televisión y, lamentablemente, no podemos hablar de un éxito o una absoluta maravilla dentro de la televisión nacional, sino repasar lo que sucede en la televisión de realidad, movimiento sociocultural imparable y que se ha convertido en la nueva forma de entretenimiento -cual profecia orwelliana cumplida y perfeccionada obsesivamente- en todo el mundo. Y se los digo porque tuve una párabola de sentimientos del mismo tema en la misma semana. ¿Quieren saber de qué hablo? Vengan…

gordonPor un lado, gracias a Internet y algunas páginas en las que puedes ver programas completos de televisión, descubrí un programa más de mi chef favorito: Gordon Ramsay. En octubre del año pasado y después de haber sido una especie de experimento que resulto un éxito arrasador, la BBC se aventó la idea de producir y transmitir un programa que lleva por nombre Cookalong Live en el que el temperamental chef -a quien podrán ubicar de manera inmediata por el reality Hell’s Kitchen o, si son más clavados, por programas como Ramsay’s Kitchen Nightmares o The F Word– entra a un estudio de televisión atestado de público y con un invitado especial en cada emisión. Este invitado es alguien del mainstream de los medios en Inglaterra, por lo que podemos ver desde el comediante Johnny Vegas hasta Patsy Kensit que, junto a Ramsay, prepara en vivo y en su propia mitad de la cocina los mismos platillos que el chef poseedor de tres estrellas Michelin va armando en el programa en tiempo real. Esto no es todo. Además del mero placer de ver cocinar a Ramsay, este hiperactivo cocinero presenta cápsulas con otros grandes cocineros o hasta con grandes figuras del espectáculo mundial como James Caan. Si esto aún no les parece alucinante, ¿qué dirían si le agregamos el ingrediente de conexiones satelitales en vivo con personas al azar en el Reino Unido que se unen para cocinar al ritmo de Ramsay y ser parte del programa? Es una de las formas más interesantes que he visto de vincular inmediatamente un programa de televisión con el público y entrega anécdotas que se convierten en rating.

Para que ustedes puedan darse una idea de lo que les estoy hablando es poner a una de las más grandes estrellas de la televisión británica y mundial que, además, es uno de los grandes chefs del mainstream actual, a convivir cara a cara con una pareja recién casada que, a la mitad de su recepción, se escapa a la cocina del salón de fiestas a preparar un Salmón en Croute mientras son televisados en casi todo el Reino Unido con un Gordon Ramsay que los vuelve parte de su cocina. Pero, además, en términos de publicidad, el programa es exquisito porque sabiendo el televidente que está recibiendo información en tiempo real y está cocinando en tiempo real, no existe la posibilidad de separarse de la pantalla pues cuando vuelvan del corte, Ramsay no se detendrá un segundo para continuar el armado de todo el menú que uno, desde casa, está preparando de la mano de quien nos observa desde el otro lado de la pantalla. Las marcas anunciantes encuentran un mercado totalmente coptado en esta emisión y, si se suma una estrategia de mercado y producto específico, se convierte en una mina de oro para los anunciantes que alimentan la pantalla de la BBC. Creo que desde la estrategia publicitaria utilizada en Fringe -en la que pusieron un cronómetro en pantalla para avisar cuánto tiempo tardarían en regresar- no experimentaba una sensación de respeto y cuidado por el patrocinio tan elegante y, sobretodo, tan bien ejecutada. Si a usted le gusta la cocina, luche por ver (jeje, Álvaro Cueva dixit) Cookalong Live con Gordon Ramsay. No por nada se llevó el premio a Mejor Programa Nuevo en la última entrega de los Broadcast Awards, algo así como el Emmy británico. Y si no es usted fanático de la cocina, también dele una checada, porque no todo es cocina en ese programa. Hay entretenimiento puro, entrevistas, pláticas y anécdotas para contar. Y antes de que se de cuenta, estará con ganas de meterse un momento a la cocina y ver qué puede hacer usted en el siguiente capítulo.

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Ahora a la parte lamentable. El domingo intenté ver el programa deportivo insignia de Televisa: La Jugada. Según la cartelera de información, el programa arrancaba a las 10 de la noche y, no siendo un absoluto fanático del mismo -vaya, ni de Televisa en sí-, confié en lo que el horario de la barra de información me dijo. Obviamente no sucedió como planeado y, a las 10:05 me encontré un espectáculo grotesco de algo que a los conductores les dio por llamar comedia -y que yo sigo intentando buscarle lo gracioso en el lamentable y desgradable rastro que dejaron en mi cabeza- en el que una tal Roxana Castellanos hacía una personificación vulgar, corriente, sosa y, sobra decir, sin gracia alguna, de -me parece- Alejandra Guzmán. Lo dejé por dos razones. La primera, porque pensé que faltarían pocos minutos para el comienzo del programa de deportes que estaba buscando -se puede dar el caso de un retraso en la programación de los canales y, pensé yo, más en tiempos en donde la barra de programación está a disposición de las autoridades y sus partes informativas con respecto a la situación sanitaria que se ha vivido en México en los últimos días- y la segunda porque quise ver hasta dónde llegaba la falta de respeto de los productores del programa por el público al que intentan llegar. Me equivoqué en ambas razones. La primera no tiene nada que ver con retrasos fuera de control o una emergencia pues La Jugada comenzó con algo así como 30 minutos de retraso y cuando yo creí que Hazme Reir no podía ser peor, me sorprendieron como infante frente a las primeras explosiones de juegos pirotécnicos, sólo que parecía que los cohetones reventaban en mi cerebro paralizando mis neuronas.

Hazme Reir es una de las más grandes basuras que alguna vez haya aparecido en la televisión mundial. Así de sencillo. Este programa justifica la adquisición de todos los sistemas de televisión de paga posibles y de la compra indiscriminada de películas en DVD. Es ver a Televisa burlarse con perversidad del monopolio de entretenimiento que ha causado la ignorancia absoluta del público. Este reality show que, al parecer, intenta encontrar a un talento de la comedia nacional -entre personajes de la farándula que van desde Galilea Montijo hasta ECarlos Espejel que, al parecer, no sabe hacer otra cosa que a Cantinflas y emular a su Chiquidrácula de hace ya más de 20 años y que justifica la burla que Felipe Fernández del Paso le hiciera en su montaje de Avenida Q y por el que este mal llamado comediante se ofendió hasta el absurdo- parece una clase perfecta de cómo y qué no hacer en televisión cuando tienes un público inteligente del otro lado de la pantalla. Durante los sketches -piedra angular del sistema de comedia que realiza Televisa en todas sus producciones- me parece imposible pensar que los productores de este programa no estén en sus casas riendose no de quienes están en pantalla “actuando”, sino del público que los está soportando con un letrero y un decálogo de la vergüenza escondido debajo del colchón de las ideas. Qué vergüenza es que estos programas estén en la pantalla de la televisora más importante de México y que, además, se crean -cual reyes desnudos frente a la horda imbécil- los panaceas del reality show en América Latina. Le reto a que vea Hazme Reír y no quiera salir a la calle con ganas de atropellar a sus creadores con una aplanadora industrial. Es de un patetismo deplorable ver a los ejecutivos de Televisa intentar vendernos a Enrique Bermúdez como comediante -sí, el tipo es una farsa de pies a cabeza, pero eso debería ser motivo de pena, más que virtud a explotar- o que, después de habernos zambutido hasta por los poros a la Nueva Banda Timbiriche, quieran convencernos de que Yurem podrá ser el siguiente George Carlin o Jerry Seinfeld de este país. De entrada, es aberrante hacia adentro en Televisa pues es aceptar que nos han venido presentando y forzando a creer conceptos que los mismos mandos de la empresa saben que resultaron un fracaso rotundo y que, ahora, por alguna misteriosa razón, les han hallado un talento nuevo del que nos quieren convencer que sólo habría que pulir.

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¿Cuándo Televisa asumirá la responsabilidad que, como medio de comunicación, tiene frente a la sociedad? ¿Se imagina usted algún día a Alfredo Oropeza haciendo algo similar a Cookalong Live? Lo más cercano que han hecho es invitar a los personajes famosos al estudio de Al Sabor del Chef manteniendo, como siempre, esa barrera de clases y de género que, al final, se traduce en discriminación inmediata, porque la televisión de este país ha dejado de ser una especie de situación aspiracional para convertirse en un torturante demostrador de lo que nunca podrá alcanzar el pueblo. Y se lo dicen al público con insultos tales como comerciales anticrisis con personas envueltas en Armani, American Apparel y joyas de Tiffany. Se lo restriegan en la cara cuando permiten que los gobernantes y políticos aparezcan haciendo galletas o pidiéndo que los llamen carnales, antes de exigirles una respuesta, una propuesta con fecha y firma para solucionar los problemas de una ciudadanía que apenas sobrevive con servicios menos que básicos. Se lo remarcan cuando le recuerdan al público que nunca será capaz de romper barreras o paradigmas con los que ha vivido desde la revolución y que, por más que intente o le cuenten que no debería ser, la misma televisión está dispuesta a mantener las estructuras y defender los usos y costumbres de la barbarie ignorante. ¿No me cree? ¿Piensa que soy un exagerado? Medite una cosa como ejemplo: Oropeza es motivo de imitación y parodia -por los mismos de Hazme Reir y Hoy, lo que también supone una falta de respeto interno hacia los productos de casa y hacia el público una vez más- por su frase insignia: Esta buenísimo señora. Mire señora, déjeme le enseño qué hacer señora hermosa. ¿No se ha puesto a pensar que con mantener el único programa de toda la barra de programación en el horario “para las señoras y las amas de casa” mantiene también la ideología mexicana de las viejas sólo sirven en la cocina?

Pero, ¿sabe qué es lo más triste de todo? Que Televisa está haciendo esto mientras que en el mundo entero se presentan propuestas de reality que emocionan hasta el tuétano y que, sobretodo, generan una conciencia y un mensaje particular en cada una de sus emisiones. Ahí están ejemplos como The Big Give en donde Oprha Winfrey organizó a doce personas a que, cada semana, lucharan por ser el ganador de una competencia que consistió en dar y cumplir sueños y necesidades de miles de personas y organizaciones de beneficencia. Ahí están emisiones como Jon y Kate + 8 en el que vemos las viscicitudes de una pareja que tiene que lidiar con la educación de 8 hijos y sobrellevar su matrimonio. La televisión mundial nos puede ofrecer Extreme Makeover Home Edition en la que un grupo de diseñadores -más todo un sistema de patrocinio y publicidad estratégicamente colocada- le cambia la vida a una familia que necesita un cambio de hogar y que, además, son merecedores del asunto por una cuestión de apoyo y entrega a sus comunidades. También están The Amazing Race, Top Chef, Cookalong, The Block, Changing Rooms, Wife Swap, Hell’s Kitchen, The Aprentice, American Inventor, LA Ink e infinidad más de títulos que, cada uno, tiene algo que aportar al desarrollo de la sociedad y no a su división y lucha clasista. Y si usted está por preguntarme sobre los aportes de LA Ink, póngase a pensar en lo que significa desmitificar mediaticamente el tatuaje y romper el tabú que representó hasta hace algunos años y como eso permite disminuir de manera improtante la discriminación que quienes llevan tatuajes en el cuerpo -yo entre ellos, por lo que se perfectamente de lo que le estoy hablando- sufren o han sufrido en su entorno laboral, educativo o hasta familiar. Y lo mismo ha sucedido con emisiones como Queer Eye for the Straight Guy. Bueno, con decirle que, mientras Televisa crea una payasada como La Ruta Bicentenario con Jaime Camil y Javier Poza -en claro plagio de Long Way Round con Ewan McGregor y Charley Boorman- dándonos un cepillazo mínimo y absurdo acerca de algunos lugares de México y que duró apenas 3 o 4 emisiones, hay un programa circulando por Unicable que se llama GEM: Gringo en México y que, de la mano de Robert Alexander,  un típico turista norteamericano, nos ha llevado a recorrer los más espectaculares rincones, a descubrir la más variada gastronomía, a entender los espacios arqueológicos y a desear seguir metro a metro explorando lo que nuestra magnífica República Mexicana tiene para ofrecer en materia de turismo en todas sus expresiones. Si siente curiosidad, déjeme le cuento que GEM: Gringo en México acaba de pasar la barrera de los 100 programas.

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Hagamos un pequeño ejercicio. Recorra  los programas que hemos platicado y piense un par de preguntas. ¿No cree usted que, mientras mantengamos los programas de televisión tan lejanos al público, también así mantendremos la información, la educación, la rendición de cuentas, la transparencia y la participación ciudadana? ¿Es eso lo que queremos como país?

Usted, ¿qué piensa?
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2 comentarios

  1. Carlos:

    Lo que dices es tristemente verdad. Creo que “Hazme Reir” viene en el diccionario como uno de los peores ejemplos de “pena ajena”. No pude ver cinco minutos sin sentir una profunda verguenza por lo que sucedía en la pantalla. Por ellos, haciendo el peor de los ridículos a nivel nacional y por mí, que los estaba viendo.


  2. la verdad es un asco el programa, pero no hay nada bueno para todo la familia tambien el desafio fue un fraude gano myriam montemayor y no le dieron su lugar.

    que podemos esperar , cuando nuestras llamadas no son validas…



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