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Salud. Los orígenes psicológicos del crimen

agosto 22, 2009

Por: Dr. Enrique Sánchez, Psicoanalista Clínico

En una época en la que el crimen está a la orden del día y en la que vivimos cuidándonos de ladrones, secuestradores, violadores y cualquier criminal que a ustedes se les ocurra, no es extraño cuestionarnos, partiendo de la frustración y la ira, cuáles son los orígenes de esta clase de comportamientos. Nos gusta pensar que los criminales son otra especie, fantasear que son diferentes a nosotros, como si fueran malvados extraterrestres invasores. Sin embargo, los criminales llegaron junto a la raza humana y a través de la historia se han realizado innumerables intentos para entender qué es lo que hace criminales a los criminales. Diversas ideologías y religiones tienen sus propuestas, como la falta de contacto espiritual, poco conocimiento de sí mismo, y la existencia de un ser maligno que influye el comportamiento de las personas.

20335_3_26_2009_10_25_18_PM_-_psycho-crime-smDe hecho, la existencia de la “maldad” es un principio básico que ha permeado a la gran mayoría de las culturas desde el inició de la organización social. ¿Pero realmente existe la maldad? Aunque respeto las opiniones personales, sobre todo si tienen su base en la fe religiosa y las creencias espirituales, mi postura es que la “maldad” como fuerza metafísica o natural, proveniente de fuera del hombre, no existe.

Decía Freud: “el sano sólo fantasea lo que el loco lleva a cabo”. Y al final del día es aquí donde quiero empezar. Todos tenemos deseos y fantasías que podrían considerarse “criminales”, la diferencia es que no lo actuamos. ¿Cuántos no fantasean matar a alguien, robar, secuestrar? ¿No llenamos las salas de cine fascinados con protagonistas ladrones, deseando a cada minuto que venzan a la policía, que asesinen a sus víctimas, que cobren la peor de las venganzas? ¿No la industria del videojuego ha ganado millones de dólares en juegos de asesinos a sueldo, secuestradores, torturadores, e incluso la masacre de ciudades enteras generando volcanes y tornados virtuales?

“Oiga, pero no puede comparar un juego de video o una película con el acto real de asesinar gente”, podrían decirme. Pero piénsenlo durante un segundo, ¿por qué que nos entusiasma tanto esta clase de juegos y filmes? Ver la sangre, jalar el gatillo, darle rienda suelta a nuestros impulsos agresivos. Incluso hay quienes aun dentro del juego son aun más sádicos y crueles de lo que la misión exige… y bueno, no podemos obviar lo suficiente que las exigencias de violencia cinematográfica crecen más y más al pasar del tiempo.

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¿Y todos aquellos que juegan videojuegos violentos o ven estas películas salen del cine a matar gente? No, en lo absoluto. De hecho, todos aquellos tradicionalistas críticos del cine violento y los juegos sangrientos hablan con un perfecto desconocimiento cuando señalan a estos entretenimientos como los culpables de la violencia, los divorcios, los secuestros, etcétera. Porque incluso ellos tienen fuertes impulsos agresivos que son desahogados por otros medios, como la cruel rigidez disfrazada de disciplina, las sádicas imágenes sobre los castigos del infierno o el terror de un Dios castigador que está a punto de dejar caer el fin del mundo sobre los pecadores.

Entonces el impulso agresivo existe en todos. Absolutamente en todos. Es más, hay quienes gustosos podrían matar si no existiera por ello un precio a pagar. Y este precio a pagar hace toda la diferencia. Y con “precio a pagar” no me refiero solamente a la policía, las prisiones, la pena de muerte, etcétera. Me refiero a castigos internos como el sentimiento de culpa.

Más que en la “maldad” yo prefiero explicar este comportamiento por medio del trastorno psicopático de la personalidad. Personas con este trastorno son inestables, no aprenden de la experiencia (por más que los castiguen siguen actuando igual) y son especialmente buenos en convencer a otros de que lo que están haciendo es algo deseable, lógico. Nadie mejor para crear racionalizaciones de un acto cruel que un psicópata (también llamado sociópata). Estas personas conocen las reglas, saben diferenciar entre hacer el bien o hacer el daño, lo legal y lo ilegal, lo deseable y lo indeseable… sólo que les importa poco.

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Existe en ellos un sentimiento poderoso de omnipotencia. Ellos pueden quitar la vida, ellos pueden robar, ellos pueden secuestrar. En un sentimiento interno de ser una especie de Dios, juegan con el bien, la felicidad y la vida, se sienten poderosos porque pueden hacer el mal y no sienten nada al respecto. La falta de empatía es su mayor característica. Ellos son total y absolutamente incapaces de ponerse en los zapatos del otro. “Si a mí no me duele, ¿qué me importa?”

Todo lo que el sociópata hace en su vida tiene la intención de evitar los impulsos insatisfechos y luchar contra la constante frustración. Buscan el placer constantemente, porque nada de lo que hacen los satisface completamente. En la búsqueda del desahogo directo de los instintos agresivos, no observan orden ni ley, y mucho menos empatía.

“Todo eso está muy bien, pero ¿cómo un ser humano como yo pasa de fantasear la maldad a realizarla?”. Esa pregunta es muy justa. Y mi respuesta es la de siempre: no todos los seres humanos reaccionamos igual a iguales estímulos. Lo que hace psicópatas a unos no necesariamente hará psicópatas a otros. Sin embargo, hay características genéricas que se reportan en una gran cantidad de casos: una infancia de deseos y necesidades satisfechos por completo, de modo que no aprende que existe el “no” o la insatisfacción. Los padres de este niño no lo ayudan a distinguir entre lo constructivo y lo destructivo, sólo le enseñan que tendrá, sin esfuerzo, todo lo que él desea, sin frustraciones. Estos padres están inseguros sobre lo que es bueno y malo, de modo que una travesura pueden festejársela como una gran proeza. Al final del día, el niño no aprende a diferenciar entre los actos lícitos y los ilícitos.

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Según el Manual de Diagnóstico Psicodinámico (PDM), el trastorno sociopático se encuentra dentro de la estructura psíquica conocida como “límite” o “borderline”, aunque otros manuales, como el DSM psiquiátrico utilizan otro método diagnóstico.

Aun cuando gran mayoría de los criminales sufren este trastorno, no podemos reducir a los criminales a la sociopatía. También la psicosis, con su totalmente destruida capacidad de percibir la diferencia entre la realidad propia y la externa, es la base de muchos crímenes, quizá los más horribles y perversos. Sin embargo, también esta clase de criminales son originados por sus procesos de socialización y relaciones familiares (no hay un “gen maligno” y menos un Satanás influyente). Y para terminar quisiera poner el ejemplo del muy famoso Ed Gein, asesino en serie que inspiró personajes como Hannibal Lecter y el asesino de la sierra de Texas.

Gein tenía lámparas creadas con columnas vertebrales, ceniceros hechos con cráneos humanos verdaderos, “disfraces” con las piel de cuerpos muertos (víctimas y cadáveres exhumados del cementerio), etcétera. Es considerado por algunos el caso más perturbador en la historia de la psicología humana. ¿Era un monstruo? No, en lo absoluto. Creció junto a un padre alcohólico y una madre controladora y profundamente cristiana, que le enseñó mensajes contradictorios sobre los actos buenos y malos. Era una común enseñanza que, excepto ella, todas las mujeres eran prostitutas. Una fanática luterana, la madre de Gein lo educó en la inhibición, el rechazo a los impulsos sexuales sanos y la búsqueda de la redención divina. Lo cual nos deja claro que no sólo la libertad absoluta crea criminales de este tipo. Gein fue educado para no amar, para no ser empático, para juzgar bajo sus propios términos la maldad del mundo. Creció rodeado de una disciplina acérrima. El daño que hizo a su psique el amor edípico perverso por la única mujer a la que podía amar (su madre) lo llevó a buscar ser ella y, al mismo tiempo, amarla y asesinarla. Y cuidado, no estoy hablando de homosexualidad, estoy hablando de una profunda perversión.

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Esto es sólo una muy breve y simplificada introducción al tema, que es amplio y de harto interés. Pero al menos puedo afirmarles que gritonear contra juegos de video sangrientos y películas violentas no ayuda en nada, porque los niños que los juegan ya recibieron, para entonces, todas las enseñanzas que ocasionarán en ellos el trastorno psicopático o la enfermedad de la psicosis. El niño psicótico o sociópata cometerá un crimen aun cuando, como Gein, lea la Biblia todos los días y se mantenga a kilómetros de distancia de cualquier Nintendo. Y el niño sano, por más que juegue Mortal Kombat, será incapaz de llevar tales fantasías al plano de la realidad.

Me retiro, pero no sin antes desearte que esta noche tengas un sueño que resulte reparador y constructivo.

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