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Salud. Las Mentiras dicen la Verdad

abril 24, 2010

Por: Dr. Enrique Sánchez, Psicoanalista Clínico.

Es bastante común que los padres se enojen con sus hijos por decir mentiras. Es tanto el rechazo cultural hacia la mentira, tan profunda la herencia religiosa que coloca a la mentira como un pecado desagradable a los ojos de Dios, que hemos olvidado de dónde surgen las mentiras y cuál es su significado. En ocasiones pareciera que percibimos las mentiras como entes aparte, como si fueran virus o bacterias que se meten en las palabras de los otros y con ello cortamos cualquier lazo entre la mentira y su origen. Pero, peor aún, podemos pensar que las mentiras son una decisión concienzuda y alegre de los demás.

No en realidad. Nadie miente con singular alegría. La mentira es forzada en el ser humano; nunca sale con suavidad, al menos no durante los tiernos años de infancia. Claro, el mecánico que miente sobre tiempos de entrega o el técnico en computación que miente sobre la hora a la que llegará a instalarnos la computadora no parecen tener empacho alguno en dar información que saben que es falsa, incluso podríamos pensar que ya es su forma de vida, quizá una de las herramientas más preciosas en su trabajo diario. Ya se acostumbraron a decir mentiras. Pero al principio tampoco les fue fácil y las empezaron a decir porque se vieron forzados.

¿Se vieron forzados? ¿Qué significa eso? Nadie está forzado a decir mentiras, todos podemos decir la verdad, podrían decirme. Pero hay que entender primero qué es la mentira y después entender cuál es su origen en el psiquismo humano. Primero que nada es importante definir claramente que el antónimo de verdad no es mentira. El antónimo de verdad es falsedad. La mentira es diferente. Si yo digo que el cielo es verde eso es una falsedad. La mentira es una falsedad que se dice con la clara intención de engañar a otro. Es decir algo que reconocemos como falso con la intención de que el otro lo crea y lograr, con esto, un cometido.

¿Pero qué cometido? Depende de la persona, de la mentira, de la situación, etcétera. Por poner un claro ejemplo: recientemente llegó a mi consulta un adolescente cuyos padres acusaron amargamente de mentiroso. “Siempre miente, no deja de mentir ni un instante”. En ese momento supe que, siendo yo un adulto como sus padres, también me mentiría. Sin embargo, a diferencia de sus padres, no lo acusé ni lo señalé por mentirme, sino que esperé. Le creí todo lo que me dijo, sin importar que fuera verdad o mentira. Porque una gran regla de la mentira es que siempre se derrumba, en ocasiones es tan pesada que es insostenible.

¿A qué me refiero? Si yo invento una mentira, luego tendré que inventar más para soportar a esa. Y luego agregaré otras tantas para soportar a estas otras. Y, como en una casa hecha de cartas, quitar una es destruir el castillo completo. Entonces la desconfianza se apodera de nosotros y dudamos de cada baraja que el mentiroso colocó en el armado de su historia, a pesar de que algunas pudieran ser ciertas.

Y, siguiendo la regla, este muchacho comenzó a contradecirse y atorarse en sus narraciones. Se dio cuenta que estaba tropezando en su cuento, pero yo no le dije nada, seguí creyéndole. Un buen día, como al mes de vernos dos veces por semana, me declaró que algunas de las cosas que me dijo habían sido mentiras. Se disculpó y me contó, aun con algunas modificaciones, la verdad detrás de un par de sus historias falsas. Yo no lo juzgué, no lo regañé, ni siquiera me sentí ofendido por el pecado de la mentira. Investigué cómo se sentía al habérmelo contado. Resultaba que le era sorprendente que un adulto no le estuviera pegando de gritos por lo que había hecho.

Bonito ejemplo… ¿pero a dónde va con ello? se estarán preguntando. Pues a que este muchacho se había sentido obligado a mentir. En su mente infantil (muchos años atrás de que llegara a mi consulta) decir la verdad era recibir un grito o una agresión de sus padres. Más rápido que lento aprendió, como el perro de Pavlov, que decir una verdad que a sus padres les desagradaba era mucho menos práctico y agradable que decir una mentira que a sus padres les diera gusto.

Porque estamos tan acostumbrados a castigar la mentira, que no le damos valor a la verdad. Por ejemplo, le preguntamos a nuestro hijo si él rompió la lámpara de la sala. Si nos responde con una mentira, nos ofendemos más por la mentira que por la lámpara. Pero si nos dice la verdad, en vez de darle su lugar al valor de aceptar su acto y enfrentar las consecuencias, nos molestamos por la lámpara rota. Entonces es una situación en la que el niño pierde, no importa el camino que tome. Si miente, porque mintió; si no miente, por el acto mismo.

¿Qué pasará la próxima vez que el niño rompa algo? Pensará: “si digo que yo lo rompí, me van a castigar como la vez pasada. Entonces mejor digo que yo no fui”. El niño miente, nos dice que él no fue. Y si la mentira nos logra engañar, entonces se habrá instalado en la psique del niño una ley mental inconfundible: “si no miento, me gritan y me castigan. Pero si miento… mira nada más, todo se mantiene perfecto. Mentir es el camino, entonces”. Y es más grave porque esta ley se refuerza con lo que yo he llamado “la hipócrita búsqueda de la verdad” que es cuando los padres, de manera agresiva, le exigen al niño que diga la verdad y le prometen que, si la dice, no se enojarán con él. ¡Pero le dicen esto a gritos o con gestos de ogro! ¿De verdad esperan que el niño se la trague? ¿De verdad esperan que piense: “oh, está furioso, pero si digo la verdad, se le bajará la ira en dos segundos y me abrazará por ser sincero”?

¿Oiga, está usted diciendo que los padres causamos que nuestros hijos mientan? Pues sí, en una buena cantidad de ocasiones sí. El niño aprende a mentir. En algún punto de su desarrollo, entiende que mentir es mucho más práctico y enriquecedor que no mentir. Somos seres de aprendizaje, todo lo que hacemos lo hacemos porque lo aprendimos en algún momento. Y ojo, aprenderlo no es necesariamente copiarlo. Sí, desde luego que un hijo puede mentir al ver al padre mentir (aprendemos de lo que nuestros padres hacen, no de lo que nos dicen), pero también sucede que un niño miente porque aprende que decir la verdad sólo le acarrea regaños, gestos de inconformidad, discursos de decepción y, en resumen, la pérdida del amor de sus padres. Para no perder su amor, para no decepcionarlos, para no humillarlos con su terrible comportamiento, mejor miente.

Oiga, pero yo nunca fui agresivo ni le puse caras a mi hijo y aun así miente, podrían decirme. Aquí entramos en otro campo, el campo de las necesidades personales. Hay personas que mienten aun cuando sus padres fueron siempre bondadosos, amables y comprensivos. En este sentido, la mentira puede partir de lo que el niño (o el adulto) cree que se espera de él. Por ejemplo, digamos que toda la infancia del niño le enseñamos (con el comportamiento y las palabras) que debe ser exitoso. Si el joven o el adulto no es exitoso, entonces mentirá para parecerlo. Ese es el típico caso de quien miente sobre sus logros, inflándolos o creándolos de cero. Si los padres le enseñaron al niño a ser perfeccionista, entonces mentirá sobre sus errores para cubrirlos o pretender que nunca existieron. Todo mecánico mentiroso que miente tiene, en el fondo, a un niño al que seguro no le fue muy bien por no tener las cosas a tiempo, por no ser eficiente.

Y estos casos que he platicado aquí no son los únicos. Hay otros tipos de mentiras, como las mentiras para fastidiar a otro por sentimientos de inferioridad (soy inferior, pero “me lo friego”), las mentiras para conseguir ciertos objetivos por medios alternos y más fáciles (como los estafadores).

Las mentiras pueden ser inocentes o pueden llegar a convertirse en el síntoma de una patología grave. El caso de los famosos mitómanos es un buen ejemplo de un síntoma importante, en el que la persona incluso pierde el sentido de la realidad y llega a creer sus propias mentiras como si éstas fueran realidades. Sin embargo es importante subrayar que la mitomanía es un síntoma de un trastorno mayor, no es el trastorno en sí. El mitómano, como el mentiroso constante o el mentiroso ocasional mienten por razones de profundidad psíquica, pero las mentiras no son el problema. El problema real es la base de donde parten las mentiras.

¿Qué hacer? Pues como lo dice el título de este texto: las mentiras dicen verdades. Cuando nuestros hijos nos digan una mentira, no debemos quedarnos empantanados en que nuestro hijo miente y darnos latigazos en la espalda porque criamos mentirosos y todas esas dramatizaciones absurdas. Debemos intentar entender por qué está mintiendo. ¿Qué sucede en su vida que concluyó que mentir era el mejor camino? ¿Qué hay en su cabeza, que ha entendido de nosotros, por qué piensa que mentir es mejor salida? Pero aun más importante… ¿Qué nos está comunicando con su mentira? Las mentiras gritan a los cuatro vientos verdades profundas, sólo que, como los símbolos, hay que saber qué nos quieren decir detrás de lo que nos están diciendo.

Finalmente hay que premiar la verdad. Si un hijo nuestro rompe una lámpara y lo acepta, hay que premiarlo por ello. Y con “premiarlo” no me refiero a comprarle un juguete o un nuevo juego para su consola de video, me refiero a ser afectuoso al respecto, de modo que el niño empiece lo antes posible en su vida a asociar la verdad con el amor, el cariño y el afecto positivo. Evitemos los castigos, los diálogos de decepción o los gestos agresivos porque, si bien esa lámpara pudo haber sido muy significativa para nosotros, es poco probable que el niño la haya roto intencionalmente.

¿Y qué hacer con los adultos mentirosos? Mi respuesta más honesta es: si no los enseñaron a decir la verdad en su casa, usted no podrá enseñárselos nunca. Si su mecánico miente y ello no le representa un problema, sólo entienda la forma de trabajar del señor dentro de sus mentiras (y si le dice que lo tiene en una semana, tenga presente que se lo tendrá en dos). Si su mecánico miente y ello le representa un problema, cambie de mecánico. Ahórrese enojos que no conseguirán nada y deje de rasgarse las vestiduras por las mentiras de otros.

Me despido, pero no sin antes desearles que esta noche tengan un sueño les resulte reparador y constructivo.

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4 comentarios

  1. Que articulazo!!! Felicitaciones!!!


  2. Felicidades!

    Este articulo es de los de mayor ayuda, más para los que somos padres.

    Saludos


  3. gracias por el aportete felicito


  4. muy buen articulo felicidades



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