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Editorial. Monsiváis, una deuda eterna.

julio 8, 2011

Por: Genaro Lozano   

Para Consuelo Sáizar, Marta Lamas y Alejandro Brito, con afecto y gratitud.

Conocí a Carlos Monsiváis a mediados de los 90. Una noche en un antro de arrabal gay, que ya desapareció, una buena amiga me dijo: “mira ahí está Monsi, vamos a saludarlo”. En ese momento yo había escuchado su nombre, pero nunca lo había leído. Acababa de entrar a la universidad en México y mis años de estudiante preparatoriano transcurrieron en Italia, por lo que mi primera educación literaria se debe más a Luigi Pirandello, Leonardo Sciascia, Giovanni Verga, Rafael Alberti, Camilo José Cela y a otros escritores italianos y españoles, que a Vargas Llosa, Paz, García Márquez, Rulfo y demás escritores latinoamericanos.

Fuimos entonces a saludar a Monsiváis, quien intercambió unas breves y corteses palabras con mi amiga, para hacerla a un lado y dirigirse hacia mí. Me dijo: buenas noches, joven, ¿cómo se llama? Me intimidó a tal grado que sólo balbuceé mi nombre para luego huir a la pista de baile. Unos minutos después, un mesero llegó con unas flores para mí. “Son del Maestro”, me dijo. Y yo, todavía más intimidado, ni las gracias le di.

Unas semanas después, en otro antro más, lo volví a ver y me volvió a mandar flores. Yo, cual torpe joven atemorizado, las mandé de regreso y me subí al segundo piso. Nunca más lo volví a ver en persona, pero se volvió un ente omnipresente.

Monsiváis se me aparecía en la televisión, en el radio, en la prensa, en las librerías, en los cartones, en la música de Gloria Trevi, en su defensa a los primeros conciertos de Madonna en México, en la irrupción del movimiento zapatista, en las películas de Pedro Infante, en sus crónicas en El Universal, en sus libros que veía en los estantes de las librerías. Monsi estaba pues hasta en la sopa.

Transcurrieron mis años como estudiante universitario de Relaciones Internacionales durante los cuales devoré textos académicos que me conectaron con el mundo, pero que me despegaron de mi país – sí, esa es una deficiencia de la formación de los internacionalistas. Inicié mi vida profesional, primero en el gobierno federal y después en los medios de comunicación y posteriormente vinieron los posgrados, primero la Maestría y luego el Doctorado, y de nuevo salí de México sin haber leído a Monsi.

Como estudiante de posgrado inició mi interés académico por los movimientos sociales y mi investigación en torno al movimiento LGBT mexicano. Ahí descubrí la otra encarnación de Monsiváis, la del líder en un clóset de cristal, la del cristiano rebelde que apoyaba las causas del movimiento lésbico-gay-bisexual-transgénero (LGBT) mexicano. La del hombre que se opuso a las sociedades de convivencia en el 2001, según cuentan l@s impulsores de tal ley, pero también la del actor detrás del telón, la del guía, el mediador que apoyó los matrimonios entre parejas del mismo sexo en el 2009, según cuentan los impulsores de esta ley. Monsiváis, como el Papa de la diversidad sexual mexicana.

Y en ese camino se me fueron tejiendo las historias de sus amistades, de sus peleas intelectuales, de sus contradicciones, de las carreras que apadrinó, de las que destruyó o de las que de plano ni quiso aconsejar. Conocí la historia del hombre que educó y que ayudó a construir la carrera de toda una generación de editores, periodistas y de activistas que hoy están en todos lados y de todos aquellos que hoy dicen sentirse huérfanos sin su presencia. Monsiváis, como un mentor y como un mecenas intelectual.

Y desde entonces nació un sentimiento de angustia personal: llenar mis lagunas de Monsi, leer todo lo que fuera posible de él y sobre él. Aprender por qué fue-es tan amado, pero a la vez por qué también tiene tantos detractores. Y empecé con el poderoso ensayo que abre “La estatua de la sal”, la autobiografía de Salvador Novo. Mi emoción al leerlo fue tal que me sentí un puberto que de pronto experimentaba con una nueva sensación, casi sexual, casi mística.

Con ese ensayo y los que recopilaron Marta Lamas y Alejandro Brito en “Que se abra esa puerta”, descubrí al traductor de George Chauncey, de Jeffrey Weeks, de Foucault, Jean Genet, de Mario Mieli, de la teoría queer – que para muchos ni teoría es- y de toda una serie de autores más a quienes llevo leyendo desde hace ya bastante tiempo. En sus ensayos encontré un espejo, un reflejo de mis obsesiones intelectuales. Entendí así una parte de la grandeza de Monsiváis: un lector voraz y disciplinado, con una capacidad envidiable de traducir a las masas. Un escritor que no chistaba en retomar un ensayo escrito hace una década y revisarlo, reeditarlo, republicarlo en versión modificada, que al final de cuentas en un país con pocos lectores como México esa tarea es parte de la misión de un intelectual como lo era él.

Hoy estoy con las crónicas de Monsiváis en torno a los cambios de la sociedad mexicana a fines de los 70 y mediados de los 80. Sus relatos sobre el despertar del activismo social de un país acostumbrado hasta entonces a seguir órdenes, a temer la represión de la protesta. En tales crónicas encontré otro espejo, el del lector de Charles Tilly, de Sidney Tarrow y de otros intelectuales que estudian los movimientos sociales y las luchas democratizadoras.

Me siento en deuda con Monsiváis. Mi deuda consiste en seguirlo leyendo, en seguirlo descubriendo, en seguir encontrando esos reflejos y en tratar de que su obra no muera, en intentar que lo sigan leyendo las próximas generaciones. Hoy entiendo por qué tant@s se sienten huérfanos. Yo no sé si siento aún esa orfandad, pero lo que sí siento es un enorme sentimiento de arrepentimiento por no haberme ido a sentar con él a platicar, a oírlo y a agradecerle esas flores….

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