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México: La institucionalización de la ignorancia. 1a Parte

junio 8, 2012

Ha pasado tiempo desde que me senté frente al monitor a escribir un artículo sobre México y lo que pasa en sus calles, sus ciudades y su gente. Me mantuve distante para poder observar, con paciencia y detenimiento, lo que se generaba en un momento tan importante como es una elección presidencial, todas las expresiones posibles. He seguido con atención, no sólo lo que sucedió con el llamado movimiento Yo Soy 132, sino con partidos políticos, candidatos, seguidores, tuiteros –este mundo tecnológico que ahora nos permite la creación de un nuevo grupo sociodemográfico–, fanáticos, analistas, periodistas y remedos de lo mismo, y tristemente llego a la misma conclusión: México duele. Y no, nada que ver con el lamento comercializado de Javier Sicilia que va por las calles diciendo esas dos palabras en la búsqueda de los reflectores que le permitan elevarse como juzgador omnipotente del sistema.  México duele en su ignorancia maquillada de verdad ideológica que llena los espacios enfundados en el disfraz de héroe democrático que oculta, simplemente, el más puro ejemplo de la tiránica soberbia.

En plática con una de las personas más inteligentes que conozco o conoceré –sí, así de brillante es ella–, una frase golpeó la mesa con asesina frialdad: “la situación está de la chingada, pobre país”. Tras el primer reflejo defensivo buscando justificar que no era así, el escalofrío de la realidad pegó con todo en nuestro jueves citadino y es que somos testigos de un México que ha caído en el terrible torbellino del engaño social que es, a todas luces, el más peligroso pues encierra, en su ironía, el único engaño que tiene un rango mínimo aceptable de credibilidad.

México está viviendo la institucionalización de los odios y la justificación de su violencia a través de los movimientos sociales que les den credibilidad a las expresiones intolerantes. Desde la pasarela de Javier Sicilia en Chapultepec, evento que se construyó como una trampa de voracidad de quien ya cayó en su propia fantasía de juzgador mesiánico de la nación hasta el movimiento Yo Soy 132 que se ha convertido en la expresión de la violencia y el terreno fértil para aquellos viejos personajes fundamentalistas que ya no encontraban reflector más allá del propio. Hemos creado un sistema social que se emborracha en sus propias ironías y se tropieza en sus inevitables diatribas sin comprensión.

Cuidado si uno critica o cuestiona las acciones de un movimiento que se asume “democrático” pues nos enfrentamos a las agresiones viles y fundamentalistas de quienes aseguran tener la verdad para un México que desconocen. Pedir “por la democracia” el debate en cadena nacional habla de su profunda estupidez frente a la palabra que tanto repiten. Un movimiento que se dice apartidista y claramente anti-priísta me parece un contrasentido que marca, claramente, su limitada capacidad ideológica. En su búsqueda de atención –legítima y necesaria–, se les olvidó que la democracia es, en sí, el funcionamiento del Estado a través de la diversidad de las ideas de todo un pueblo. Sin ese pedacito de información, estos nuevos líderes sociales nos están queriendo imponer sus dogmas, el apostolado de quien ha sabido llegar, no a sus ideales y necesidades, sino a sus frustraciones y odios guardados. Son, como naturalmente lo marca la juventud, contestatarios ante la autoridad, tenga la forma o institucionalidad que tenga. Pero también hay responsabilidad en ser contestatario, porque el de enfrente no es un enemigo, sino un contrapeso de las posturas de cada lado.

Pero tampoco es de sorprenderse que esto suceda. Los movimientos sociales –que hoy quieren llamar “Primavera Mexicana”, sin lograr siquiera entender lo que fue la “Primavera de Praga”– que estamos viviendo en México están dirigidos por esa generación perdida que creció sin fundamentación ideológica. Son ellos, los mismos jóvenes a los que les cambiamos enseñarles a defender su posición para que mejor supieran gritar “me bullean”. Son los mismos jóvenes a los que les modificamos el sistema educativo para hacerlo permisivo e indisciplinado bajo el argumento estúpido de la educación vivencial. Son esos jóvenes a los que les justificamos que no leyeran a Paz, a Vargas Llosa, a Kant o a Sartori porque estaban leyendo Crepúsculo y Harry Potter y “un libro es un libro aunque sea mal libro”. Esos son los que hoy van por la calle como líderes sociales y que gritan consignas contra todo lo que represente lo que ellos no comparten. Gritan “No a Televisa, la tele me idiotiza” mientras, al mismo tiempo, exigen el Triple-Play como derecho constitucional pues ellos entienden que debe ser terrible para muchos no poder ver “2 Broke Girls”, “Lost” o “Breaking Bad” en un sistema de cable que muchos no tienen.

México navega entre la ignorancia creada por su propio sistema. Una ignorancia que es aprovechada por el recolector de frustraciones en que se ha convertido la política misma. Una política sin base ideológica que nos permite ver las mutaciones mismas de quienes hoy cambian de color y eso los hace héroes o villanos, según el ojo “crítico” de quien esté mirando. Esta ignorancia que nos permite ser profundamente creativos para justificar las razones de los odios y las agresiones y que nos lleva a cambiar el México de la concordia y el diálogo por ese otro México del grito callejero que allana el camino para sangrar ante la no consecución de las ideas del grupo social de moda.

México navega en esa ignorancia tapizada de intolerancia que se esparce como virus sin control mientras, irónicamente, los ídolos de esos 132 sacan sus campañas a favor de la tolerancia de ideas en los medios que esos 132 odian con vehemencia. ¿Acaso está tan oculta la ironía de lo que acontece en las calles del país? Porque son los mismos que salieron a la calle hace unos años para gritarle a George Bush afuera de su embajada que su guerra contra Irak era una mentira y que, al escucharlos, criticaban con pasión que el mandatario declarara “si no estás conmigo, estás en mi contra y eres mi enemigo” y que hoy, iPhone en mano y encapuchados detrás de máscaras de un Guy Fawkes creado por un comic de Alan Moore, te agreden al primer comentario que no caiga dentro de su mantra.

Hoy México navega en la ignorancia. Y sí, México duele por esa ignorancia que ha hipnotizado a muchos y que mantiene a la defensiva a otros tantos. México duele por la ignorancia esparcida de quienes se proclaman juzgadores absolutos de todo lo que vive y muere en la patria; por la ignorancia que impulsa a quienes calle por calle gritan consignas que han aprendido de quien comparte sus frustraciones de fracaso; por la ignorancia de un sistema de medios que se ha negado a aprovechar oportunidades históricas que ya hasta parecen anecdóticas; por la ignorancia de un sistema político que se sabe más inteligente que la masa y se regodea en su superioridad intocable y permitida. México duele ante el panorama de una debacle social que no, contrario a las fantasías de muchos, no se traducirá en sangre y muerte revolucionaria, sino en mediocridad total que permeará generaciones perdidas y generaciones olvidadas.

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