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Salud. ¿De Quién son los Objetivos de la Psicoterapia?

julio 24, 2012

Por: Dr. Enrique Sánchez, Psicoanalista Clínico.

Es muy común que la gente que va a psicoterapia le diga a su terapeuta en algún punto que la familia está muy enojada con el proceso, pues el paciente “no está cambiando” ni está “logrando ningún resultado”. A veces dicen que “está peor que antes” o que “de nada le ha servido la terapia”. La pregunta es: ¿realmente las cosas son así? ¿Debo considerar la opinión de mis seres queridos cuando estoy en la terapia? El asunto merece más que un sí o un no.

Vale, primero que nada es bien importante entender que la terapia es para el paciente que la recibe y nada más. La psicoterapia no tiene la intención de mejorar la vida de los familiares del paciente, sino la vida del paciente, punto. En ese sentido, el terapeuta y el paciente buscarán las respuestas que el segundo desea encontrar, no las que su familia desea que encuentre. Claro, los miembros de nuestra familia siempre querrán que la terapia nos cambie como a ellos les gustaría cambiarnos, no como nosotros lo deseamos.

Pongamos un ejemplo. Recientemente llegó una paciente a tratamiento que decía sentirse desesperada por la terrible ansiedad que la perseguía. Su familia estaba encantada de que, finalmente, iba a terapia. Todos ellos tenían la fantasía de que la terapia eliminaría su ansiedad y la convertiría en la madre que siempre habían deseado. Como si la psicoterapia fuera una fuerza mágica o una pastilla psiquiátrica demasiado eficiente, esperaban que al mes de tratamiento su mamá llegara con una sonrisa de oreja a oreja y fuera tierna con todos, linda como nunca, comprensiva como un ángel.

¿Qué fue lo que sucedió? Pues que la señora descubrió que su ansiedad se debía, en buena parte, a la larga historia de errores, desatinos, humillaciones y dolor por parte de su marido y, como extensión, de sus hijos. Durante sus cuarenta años de matrimonio había sufrido los maltratos sutiles de un esposo. Subrayo “sutiles” porque no hablamos de un hombre que le gritara o la golpeaba, sino que no guardaba sus secretos, no la apoyaba en sus diligencias, no estaba con ella en momentos de sufrimiento, se quedaba dormido en momentos difíciles para ella, le dejó durante años la responsabilidad académica y afectiva de sus hijos sin ayudarla en nada y, finalmente, nunca le pudo dar una vida sexual satisfactoria.

¿Por qué estaba ansiosa? Por una vida entera de soportar esta clase de comportamientos de parte de su marido sin decir nada, siempre sonriendo de dientes para afuera en actitud de esposa servil. Odiaba a su marido pero la educación de sus años juveniles no le permitía el rechazo o el divorcio y ella nunca se dio permiso de ello. Cuando pudo darse cuenta de esto, de los limitantes personales que la habían encadenado, por su propia elección, a una relación insatisfactoria, puso manos a la obra. No sólo empezó a ser clara con su marido, sino que la lo cuestionó sobre sus años de matrimonio, sus escuetamente dolorosos años de matrimonio. La presión fue mucha para la relación y terminaron separándose. Ella le pidió a él que se fuera de casa.

Esa pieza del rompecabezas, la que le faltaba a ella para comprender la realidad de su estado mental, quedó justa en el lugar que le correspondía según su vida y su experiencia. ¿Cuál fue la reacción del marido? Un profundo enojo hacia el terapeuta y el proceso terapéutico como tal. El tratamiento no sólo no la había ayudado, la había echado a perder por completo. Antes de la terapia era una mujer ansiosa, ahora resulta que era una mujer que lo abandonaba, que buscaba el conflicto, que se pavoneaba en su furia. En realidad la paciente había vivido casi cuarenta años soportando el dolor, guardando silencio e ignorándose a sí misma para evitar el conflicto, y ese hecho era el que ocasionaba sus síntomas.

A sus hijos tampoco les pareció bonita su resolución, también ellos atacaron el tratamiento con todas sus fuerzas. “La psicoterapia echó a perder a nuestra familia”. No, en lo absoluto, la familia no funcionaba, la terapia sólo ayudó a la paciente a darse cuenta de ese hecho y poder trabajarlo. Yo nunca le dije qué hacer con esos afectos, jamás le pedí que abandonara a su marido o lo corriera, que buscara el divorcio ni nada por el estilo. Como terapeuta lo único que hice fue guiarla por los sentimientos que ella misma se iba encontrando en su camino. Y bueno, a la fecha soy el peor enemigo de su familia, que esperaba que dejara a su madre como ellos querían, no como ella necesitaba.

Esta clase de fenómenos sucede mucho en las psicoterapias con adolescentes y en las psicoterapias de pareja. En el primer caso, el adolescente llega a terapia acompañado de sus padres o de uno de los padres. El paciente no sabe ni porque va a terapia, pocas veces es decisión suya. En cambio el padre tiene una clara lista de objetivos para nosotros: “Quiero que le diga a mi hijo esto y esto; que lo haga ver esto y esto; es importante que lo haga darse cuenta de esto y esto”. Y para cuando el padre deja el consultorio, se va con la idea de que vamos a convertir al paciente, mágicamente, en lo que ellos desean, como si fuéramos la Lámpara de Aladino. Sin embargo, nuestro trabajo no es convertir la terapia en una programación ordenada por los padres, sino preguntarle al paciente en qué lo podemos ayudar y abocarnos a su tratamiento. Si a través de éste alcanzamos los objetivos deseados por los padres, bien por los padres, pero nunca es la intención.

En el caso de la terapia de pareja es increíble ver el enorme porcentaje de hombres y mujeres que llegan al consultorio con la esperanza de que el terapeuta cambie al otro a su favor. La mujer espera que el terapeuta le haga ver a su esposo X o Y cosa, a la vez que el esposo espera que el proceso le haga ver a la esposa algo similar. Tanto los padres de los pacientes adolescentes como ambos miembros de la pareja, esperan encontrar en el terapeuta a un aliado contra el otro. Pero los terapeutas nunca se van a aliar a favor de nadie que no sea su paciente… es más, la única alianza que buscarán con el paciente irá dirigida a su cura, al rechazo de la patología.

¿Y qué pasa cuando la familia del paciente o uno de los miembros de la pareja descubre que no estamos para ser sus aliados ni estamos para seguir sus deseos sobre el destino del paciente? Uy, nos detestan y empiezan a socavar el tratamiento. “Ese terapeuta te está usando”, “te cobra demasiado”, “¿qué esa terapia nunca termina?”, “creo que ya con lo que has ido es suficiente, ¿qué tanto puedes hablar o arreglar que necesite tanto tiempo?”. Y a veces el amor por el proceso va y viene, dependiendo qué tan convenientes sean los cambios para los miembros de la familia. Por eso nuestro estatus puede pasar de “maldito” a “grandioso” y a “ladrón” con meses de diferencia.

“Oiga, habla usted de los familiares de los pacientes como si fueran unos desgraciados convenencieros”, podrían reclamarme y quizá sí he sonado así, así que quisiera hacer una breve aclaración: la familia del paciente no necesariamente tiene consciente esta clase de necesidades y conveniencias. En el ejemplo que puse al inicio, dudo que el marido se estuviera dando cuenta de todas las agresiones y en qué medida dañaban a su esposa, pero eso no significa que la dañaran menos, ni significó que él no quisiera cambiar cuando ella puso el tema sobre la mesa. Del mismo modo sucede con los padres, que en ocasiones creen que su comportamiento disciplinario es lo mejor para su hijo, sin darse cuenta (por poner un ejemplo) que están cerrando con tres candados los medios de comunicación entre ellos. Hay padres que ven como culpa del terapeuta que el hijo tenga relaciones sexuales, o salga a fiestas, o sea rebelde con ellos cuando que en realidad son la muestra de un mayor trabajo en su autonomía, su independencia y la seguridad en sí mismo. Y bueno, ni qué decir de las terapias de pareja, esos procesos pueden convertirse en verdaderos desafíos al narcisismo.

Me despido y les deseo que esta noche tengan un sueño reparador y constructivo.

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2 comentarios

  1. Me podria facilitar su mail? Me gustaria contactarle. Gracias



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