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Los traumas históricos como pretexto para la violencia

diciembre 3, 2012

Por: Carlos Dragonné  6f13c08ce9bcb429b7174c34f9358c16

México amaneció ayer, como todos los días desde hace muchos años, secuestrado por sus traumas y por sus miedos históricos. Esos temores sociales que han permeado a los gobiernos con base en un sector de la sociedad que, de manera sistematica, recuerda las palabras claves de los grandes temblores emocionales que han llevado a sobrevalorar el término “costo político” y que, con el tiempo, han descompuesto a una sociedad que ya no puede más con sus propias incongruencias. Déjeme explicarle.

Incluso más que hace seis años, sabíamos que el día de cambio de poderes, que seguimos tratando como fiesta de asueto nacional, al más puro estilo del presidencialismo absoluto, a pesar de los colores cambiantes en el poder, iba a ser, por decir lo menos, complicado. En una democracia que sigue sin adaptarse a las necesidades sociales de los tiempos modernos que demandan, con toda la validez argumental una reforma constitucional que nos otorgue la oportunidad de la “segunda vuelta”, la victoria de Enrique Peña Nieto había dividido a la sociedad pero que, al final del día, con todos los argumentos legales a su favor, basados en una democracia aprobada por los mismos representantes populares que ahora gritaban en contra de las reglas, el priísta se alzo con la victoria. Y, a diferencia de hace seis años, la victoria no fue por un pírrico –aunque igualmente válido– porcentaje, sino por un importante número de votantes que, en la privacidad de la cabina de votación, eligieron el regreso del Revolucionario Institucional al Poder Ejecutivo. A partir de dicha victoria, supimos de los grupos sociales que levantaron la voz con el libre derecho de voz, a pesar de que sonara a intransigencia, contra la llegada al poder del mexiquense.

No podemos engañarnos. Las voces de la división, la confrontación y el odio tienen nombre y apellido. Ahí está Andrés Manuel López Obrador y su ejército político y social que ha buscado, hasta el hartazgo, que México arda en cenizas en pos de recoger los pocos pedazos que no hayan ardido para creerse el dueño de una nación aunque la nación esté desprotegida y destrozada. Ahí están los grupos radicales de una izquierda inexistente que han visto en los discursos del dos veces perdedor de la contienda presidencial, las Tablas del Testimonio, incuestionables y absolutas para el largo caminar del “pueblo desprotegido”. Y ahí están también los líderes sociales y mediáticos que aprovechan su posición para cerrar los ojos y el debate con su intransigente vituperio de la víctima perfecta. Todo esto combinado, junto a una sociedad sin educación ni criterio, educados por los medios de comunicación de los que ahora reniegan y olvidando que en la democracia el valor más grande es el desacuerdo de las ideas y la confrontación de argumentos, han mutado en su perversión a desacreditar las ideas y juzgar como equivocados incorregibles los argumentos del de enfrente. Esa, en cualquier sociedad, es la receta perfecta para el fundamentalismo.

Y ya lo vimos. De manera lamentable pero tristemente predecible, estos líderes políticos, sociales, mediáticos y sectoriales lograron inflamar a sus seguidores como apóstoles de una verdad incomprendida, a pesar de basarse en una larga cadena de mentiras. No existe nada más peligroso que un ejército de fundamentalistas, listos para hacer arder al adversario que, en su mente, se ha convertido en enemigo. Así llegaron a las calles el sábado, vestidos para la guerra, preparados con palos, máscaras antigases, piedras, capuchas que ocultan su identidad pero develan sus intenciones, bombas molotov y, sobretodo, con una larga cadena de odios inculcados por los grandes líderes que admiran. Eso, en cualquier sociedad, es un ejército ciego y dispuesto al sacrificio. Es la yihad en su versión mexicana. Porque llegaron con órdenes de actuar y enfrentar, nunca con la consigna de manifestar sus ideas y hacer uso de su libertad para ello. Llegaron con una misión y una estrategia de guerrilla urbana que, por supuesto, tuvo respuesta.

¿Injustificada la respuesta? No lo creo. Como sociedad, hemos otorgado a las fuerzas del orden el juicio y el criterio para actuar en consecuencia de los actos que suceden a su alrededor. Les exigimos protección de nuestros intereses porque es, y siempre lo será, la primera función del Estado: otorgar seguridad a sus habitantes, protegernos de amenazas externas e internas. ¿Qué esperaban los líderes sociales que han usado, de manera irresponsable y completamente dirigida, las palabras “revolución”, “resistencia”, “sacrificio”, “rebelión”, “guerra”, “enemigo” y otras tantas variantes? ¿Esperaban, acostumbrados a la inacción natural de las fuerzas del orden, un “exhorto a la calma”? Estaban equivocados. Peligrosamente equivocados. Y la sangre corrió por las calles de la ciudad. Porque, seamos claros en un punto. Si como manifestante estás dispuesto a lanzar una bomba molotov a miembros del Estado, así como poner en riesgo la integridad de los miembros de la sociedad civil, las fuerzas del Estado están obligadas a detenerte y utilizar la fuerza de manera legítima. Eso fue lo que sucedió el sábado. Pero, después, quedó en el limbo el ajuste de responsabilidades y la legitimación de las mismas porque seguimos teniendo miedo, como Estado, a la palabra “represión”, basado en los traumas históricos y a la constante amenaza de ingobernabilidad causada por pequeños grupos de la sociedad civil que nos repiten la amenaza como a un niño cuando se niega a dormir en Navidad y huye malhumorado a su cama con la promesa de que, al hacerlo, Santa Claus habrá de llegar con sus regalos.

Es momento de dar ese paso con el Estado y buscar que los responsables sean castigados de manera absoluta, no ejemplar. Porque no se debe partir del “castigo ejemplar”, pues la ley es extremadamente clara. Es momento de dar el paso para que México se convierta en un país de leyes de cumplimiento estricto, y no de flexibilidad de castigos. Lo sucedido es una bienvenida a un gobierno que no requiere legitimidad, sino visión clara sobre las causas de los problemas y las consecuencias de la acción o la inacción. Y sí, es momento de quitar el temor del Estado para evitar que estos grupos sigan secuestrando la tranquilidad de un país con base en sus caprichos políticos, su negación de las reglas democráticas y su búsqueda de objetivos a cualquier costo, aunque el costo sea el país mismo.

El Estado se conforma por el gobierno, las instituciones y también la sociedad civil. Como sociedad, nuestra obligación es escuchar, atender y respetar las instituciones y sus reglas, así como vigilar el estricto cumplimiento de las obligaciones del Estado para con la democracia y el desarrollo del país y, al observar una falla, exigir el cambio y la corrección pero siempre a través del cauce institucional y dentro de los márgenes de la ley. México no puede seguir actuando a través de las ínfulas de los “héroes incomprendidos” que, en realidad, son sólo un grupo de ambiciosos no satisfechos con su búsqueda de los privilegios del poder. Ser sociedad no representa ser sumiso, sino muy al contrario, ser una sociedad contestataria que exija hasta la médula lo que se espera del Estado. Pero ser contestatario es totalmente diferente a ser un criminal que pone en riesgo la vida de las personas y el cumplimiento de la ley.

Podrá gustar o no la victoria de Enrique Peña Nieto. A mi, particularmente, me pareció lamentable desde que fue candidato. Pero a partir del sábado, es el Presidente de la República, con todo lo que eso representa. Como ciudadanos le debemos un respeto y un oído abierto para escuchar sus planes y  proyectos a la perfección y, así, poder levantar la voz para exigir el camino que nosotros queremos, porque, no debemos olvidar, está ahí para hacer lo que nosotros, como sociedad, le exigimos. Y él, desde su posición, está obligado a cumplirnos y a ser vigilado, a someterse al juicio inteligente y responsable de la sociedad en su conjunto, no de un grupo de criminales disfrazados de izquierda que buscan mártires para su guerra particular. México habrá de caminar con todos. Ni con un solo Presidente, ni con sólo la sociedad por la libre.

Hoy habrá que preguntarle a ellos, a los López Obrador, los Monreal, los Taibo, los Noroña, las Poniatowska y todos quienes se levantan el cuello y alzan la voz en un templete, ¿valió la pena? ¿Pueden ver a sus hijos a los ojos sin partirse por dentro sabiendo que su ignorancia y ambición ha manchado las calles de sangre? ¿Cómo pueden dormir sabiendo que se repiten una mentira para poder sobrellevar sus culpas? Estos detenidos les deben su encarcelamiento. Estos heridos les deben su sangre. ¿Cuántos muertos puede cargar su conciencia?

México duele, en efecto. Duele ante una sociedad aterrorizada por los traumas históricos y secuestrada por el capricho de un grupo de delincuentes escudados en una izquierda inexistente. Duele ante la sangre que mancha las calles y la impunidad con la que se destruye la historia a manos del ejército de la yihad mexicana. Duele ante el cinismo de los líderes como López Obrador que se siguen enmielando el oído diciéndose pacíficos de frente mientras, tras bambalinas, azuzan al “pueblo bueno” a sangrar a la patria. Duele ante los líderes sociales y mediáticos que, envueltos en su larga lista de engaños ya vendidos a su propia mente, aseguran que buscan la paz mientras van creando mártires ensangrentados en la calle por una guerra en la que ellos se lavan las manos. Duele ante un sector de la juventud que ha entendido la oposición como un pretexto para violentar a quien es diferente o piensa distinto. México duele por su ignorancia en estas minorías, pero tristemente, sólo se necesita un imbécil y un cerillo para incendiar una cordillera.

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3 comentarios

  1. Por eso estoy contigo y me siento orgullosa de ser tu pareja, tu mujer, tu amiga y tu compañera de vida.


  2. agachemos la cabeza pues, guardemos silencio y seamos civilizados hasta que llegue la muerte, porque la vida es para los que estan del otro lado de la cerca…… pongan la otra mejilla hasta que ya no les quede cara ….. 😦


  3. Estimado César:

    Ese es el problema. Nadie propone eso. Te invito a que vuelvas a leerlo a ver si puedes entenderlo. Se trata de ser ciudadanos responsables, dignos e institucionales. Con todo lo que eso conlleva.



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