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Editorial. Dos frases que hielan la sangre.

octubre 24, 2014

Twitter: @carlosdragonne

“Nos quitaron tantas cosas que hasta nos quitaron el miedo”, se lee en una de las tantas pancartas que se vieron durante las marchas para exigir justicia por el caso de los 43 normalistas desaparecidos en Guerrero. Hace mucho tiempo que una frase no me causaba tanto silencio, tanta reflexión y, sobretodo, tanta impotencia de saber que, sin duda, la primera parte de la frase es enteramente cierta. Ya veremos si la segunda es también igual de cierta. Y no es una frase nueva. Se vio en las marchas en Venezuela, se leyó en las bardas pintadas en Colombia cuando la peor crisis social que exigía una lucha frontal contra la guerrilla. Se leyó, incluso, en inglés, árabe y otros idiomas en muchas manifestaciones alrededor del mundo. Pero aquí, hoy, caló profundo al ver la imagen entre los miles de manifestantes que ayer llenaron las calles de la ciudad de México en una de esas movilizaciones sociales que pocas veces se pueden ver y que uno quisiera que menos veces fueran necesarias. Pero además, en estas calles se puede sentir el clamor de dos entes completamente ajenos y distantes que se entremezclan en la vorágine de las consignas, en el barullo de los gritos y, sobretodo, en la brutalidad de las exigencias. Por un lado están los mismos de siempre, exigiendo renuncias, pidiendo cabezas, aventando culpas abstractas a un Estado que ni siquiera comprenden en su remolino de insatisfacciones políticas y no sociales, aquellos que buscan con nostalgia, aunque sin saberlo, el retorno del presidencialismo absolutista que con un sólo dedo señalando culpables, causas y consecuencias podía hacer desaparecer todo o, incluso, podía limpiar hasta la más imbécil de las imágenes burdas de sus fracasos. Ellos, quienes buscan la caída del sistema sin lograr siquiera entender qué hacer en el hipotético caso de lograrlo, empujando al desastre y a la fantasía de una utopía basada en el caos y la anarquía, se mezclan en las marchas y en los gritos entre auténticos grupos a los que hay que ponerles atención.

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“Nos quitaron tantas cosas…” Y sí. Pareciera que el sistema mismo, en complicidad con una sociedad amante de la permisibilidad, de la mano de la ciudadanía apática, de generaciones que se mantuvieron alejados de la dinámica de responsabilidad político social, acompañados de silenciosos causantes de los estragos por simple omisión, le ha quitado mucho a una generación que, al parecer, está cansada de ver como sus activos sociales se van desvaneciendo y las ideas del futuro parecen cada vez más grises o, incluso, hasta efímeras. No recuerdo en mis años (que tampoco son tantos) un panorama tan desolador en términos de futuro profesional para muchas de las carreras que hoy se estudian en México, así como tampoco recuerdo haber sentido tal desesperanza en las pláticas de café, en las mesas vecinas en los restaurantes o en los desahogos de los anónimos acompañantes del transporte público. Nunca como ahora se escucha con tal frecuencia el tan querido y odiado “está cabrón todo” y, peor aún, la respuesta que parece ensayada por actores perfeccionistas: “y así está en todos lados”. Hoy, como país sabemos, aunque no lo digamos, que en varios territorios de México se ha perdido la batalla y se vive día a día un estado fallido. Ahí está Tamaulipas, pero también Guerrero, zonas de Michoacán, Morelos, Nuevo León, Hidalgo, Veracruz y Sinaloa. Ahí están las mentiras y la fantasía de gobiernos de todos los niveles queriendo hacernos creer que todo va viento en popa rumbo a la recuperación y la victoria contra no sólo el crimen organizado, sino el analfabetismo, la pobreza, el hambre, la contaminación, la desintegración social y la polarización de posturas. Pero, ojo, no todo es el gobierno, porque si bien tiene una justa y absoluta responsabilidad de garantizar al ciudadano la seguridad pública y la seguridad social, también el analfabetismo, la pobreza y la desintegración social se enfrentan desde los entornos sociales y los núcleos más básicos de la conformación de dicha sociedad. Los especialistas en sociología lo podrían llamar “la fractura de la tribu”, porque ya no aspiramos siquiera a ser parte de la proliferación de nuestra propia tribu, sino que simplemente aspiramos como individuos a sobrevivir en la tribu que se pueda, dejando a un lado los vínculos sociales y humanos que definen a la tribu en si misma. Es decir, estamos queriendo sobrevivir desde la perspectiva de la contradicción.

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“…que hasta nos quitaron el miedo”. ¿Será cierto? ¿Será plausible pensar que hoy, tras muchos años de inactividad y de apatía, valemadrismo y desconexión de nuestras obligaciones como ciudadanos y parte de un todo, estamos listos para dar el paso adecuado de buscar una evolución natural hacia un mejor escenario? Ejemplos hay muchos y no sólo en la historia de los últimos 500 años, sino en la simple historia de los últimos 500 días. Sin embargo, a pesar de saberme pesimista en mi postura, ¿estaremos listos y preparados para abrazar la responsabilidad de buscar ese cambio, con todo lo que conlleva? Porque romper el sistema que nos detiene, mismo del que somos no sólo víctimas, como quieren vendernos algunos oportunistas políticos, sino causantes y proveedores, requiere que hagamos nuestro trabajo todos los días, entendiendo los cauces institucionales que se deben recuperar, corregir y proteger, no sólo romper y, en palabras de un miserable clásico, “mandar al diablo” por el simple hecho de convertirse en un ser disruptivo. Porque no podemos negar que la búsqueda de la democracia no pasa por el atropello de la democracia misma, sino por el rescate de su esencia, en donde todas las voces deben ser escuchadas, sean del color que sean, del partido que vengan, de las preferencias e ideologías que las alimentan. Porque, al final del día, algo que no hemos terminado de comprender en nuestro país, sin importar el pretexto de la “incipiente democracia después de 70 años de tiranía” en el que nos escudamos para negar la realidad de nuestra propia inmadurez como ciudadanos, es que es de la pluralidad de los individuos es de donde nace la democracia de la sociedad entera y, por lo tanto, la fortaleza de un país que, después de todo, es nuestro y sólo a nosotros nos toca reconstruir desde dentro.

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“Nos quitaron tantas cosas que hasta nos quitaron el miedo”… espero sea cierto. Y ruego que la pancarta haya sido, como me gusta creerlo, una expresión auténtica y espontánea de ese grupo que busca salir de la sombra y del gris de sus silencios. Porque, si llega a ser del otro grupo, ese que busca el fuego y la sangre como único camino, entonces me remito a otra frase leída en la misma marcha pero que, al final, sirve como mensaje también a los rijosos que creen que la violencia es no el último recurso, sino el único en sus manos. “¿Qué puede cosechar un país si siembra cuerpos?” Ojalá mantengamos la primera pancarta como modelo, para poder así evitar la repetición de la segunda.

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One comment

  1. Muy buen texto Drago, muy bueno



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